Sobre premios Nobel
El señor Vernon Smith fue galardonado con el Premio Nobel de Economía 2002. A la academia sueca le impresionó que este buen señor hubiera experimentado durante años en laboratorios, las nuevas reglas de juego de los mercados. Para su sorpresa, cuando esas pautas se aplicaron en la vida real, los resultados fueron idénticos a los que previó en su gabinete.
Uno se imagina al señor Smith encerrado en su gabinete, lejos del mundanal ruido, haciendo cuentas en un pizarrón lleno de estadísticas y complejas fórmulas, computadora en mano, inventando alguna formulita. ¡Y zás, le cayó el Nobel encima! Y todo el mundo contento.
¿Qué me cuenta don Smith de la existencia de algunos cientos de ciudadanos del mundo que tienen más riqueza que miles de millones de habitantes de su mismo universo?
¿Algún comentario don Vernon, respecto de la riqueza acumulada de 280.000 latinoamericanos, que creció un 13% más que el promedio mundial, y que desde 1986 lo hizo en un 275%, siendo superior al crecimiento de los millonarios norteamericanos, asiáticos y europeos?.
Cuando usted se sorprendió porque los resultados en la vida real coincidían con sus predicciones de laboratorio, ¿se refería a esto?
¡Qué mal gusto haber experimentado en su recinto de trabajo tamaños resultados! Pero ¿sabe una cosa? la culpa no es del chancho sino de quien le rasca el lomo. Es decir, de quien le otorgó el premio.
Le voy a hablar de este pequeño país y de la vida diaria de muchos uruguayos. El Banco de Previsión Social ha dejado de otorgar nuevos subsidios, ayudas especiales, a los discapacitados mayores de 18 años con patologías graves, porque ya no tienen posibilidades de «rehabilitación» desde el punto de vista médico, se dice.
¡Qué barbaridad! Como si una mejor calidad de vida dependiera sólo de lo que digan los médicos, que es sumamente importante, por supuesto. Pero ¿y en dónde queda la rehabilitación integral? ¿y la reinserción laboral, social, educativa, sicológica, etc.? Esto es: hacerle la vida un poco más llevadera, placentera si cabe, a quienes sufren esos males, más allá de que se pueda recuperar o no. ¿Es que todo esto no cuenta?
¡Claro! Esas menudencias no son registradas en el laboratorio. Los pizarrones y computadoras no están para eso. Esta parte del asunto, agarró distraída a la academia.
En 1982, el entrañable García Márquez, al recibir el mismo premio que le otorgaron a Smith dijo: «Poetas, y mendigos, músicos y profetas, hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque existe la realidad descomunal que no es la del papel (la del laboratorio digo yo, no sé, en fin...) sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas».
Y me viene a la memoria lo que dijo años atrás un uruguayo que es orgullo de todos nosotros, insospechado e insospechable. Cuando le comunicaron que le habían otorgado el Nobel a un escritor español, no importa el nombre, respondió a la pregunta que le hicieron diciendo ¿no me consigue uno?
Ese querido compatriota se había enterado de que la corona sueca debía algunos pesitos a España. ¿Qué mejor entonces, que darle el Nobel?
Bueno. No está de más recordar que personajes tan lamentables como Henry Kissinger y Menahem Begin también fueron honrados con sendos Nobel. Los dos juntitos, además. Después de eso: ¿de qué podemos hablar?
Sobre el primero de estos personajes, secretario de Estado de EEUU, cabe recordar su famosa frase cuando Salvador Allende ganó las elecciones en Chile, allá por los inicios de los 70 del siglo pasado: «No veo por qué tendríamos que quedarnos de brazos cruzados contemplando cómo un país se hace comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo».
¿Se imagina usted, señor Smith, aislado en su laboratorio, alejado de las miserias humanas, sacándole punta al lápiz, mezclando millones de desocupados, niños pobres y hambrientos con los de panza llena, decidiendo en «la soledad del gabinete», como decían los militares uruguayos allá por el año 1979,el destino de millones de hombres víctimas de «seculares injusticias», al decir del Gabo? Y luego, cuando baja a la realidad se da cuenta de que sus predicciones eran ciertas.
¿Muy fuerte, no? Y de mal gusto, por otra parte. A mí no me cierra, ¿qué quiere que le diga?
Y si no pregúntele a los discapacitados de este pequeño país. Por más que vayan al laboratorio, ¿quién los va ayudar?
¡Ah, me olvidaba! El que dijo «¿no me consigue uno?» fue Onetti. *
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