El crecimiento de la emigración

El crecimiento explosivo del número de los uruguayos que se van país es un dato que merecería otra atención por parte de las autoridades.

No sólo ante las situaciones como las denunciadas recientemente de malos tratos y expulsión de viajeros con pasaporte uruguayo en regla, sino como preocupación general del Estado, como un aspecto esencial del cumplimiento del pacto político que regula la vida de la sociedad y sus instituciones.

Como bien lo señalaba en su edición del domingo LA REPUBLICA, no hay tal preocupación, no parece vislumbrarse ningún tipo de políticas de atención a la preocupante realidad de un país que está atravesando una grave crisis demográfica.

Es cierto que el crecimiento de la migración en los términos que se desarrolla en estos tiempos en nuestro país constituye un alegato implícito contra la aplicación de determinadas políticas económicas y sociales.

El que se va está diciendo, en silencio, muchas cosas para el gobernante que sabe y quiere oír. Está diciendo que para él y los que lo acompañan en su exilio económico este país se ha vuelto inhabitable.

El crecimiento de la migración es, también, una encuesta acerca de la credibilidad en el gobierno y sus consignas de que el bienestar corona siempre el libre juego de los mercados.

Una encuesta reveladora que molesta a los personeros del país oficial y su, ya a esta altura impresentable, conformismo.

Como argumento a menudo se replica que, en un mundo globalizado, en el que todos los factores de la actividad económica tienden a internacionalizarse, las migraciones forman parte del paisaje de la modernización, son un fenómeno inevitable y hasta deseable en el proceso de integración mundial.

Esto podría ser una respuesta adecuada si del país estuviera emigrando un número proporcionalmente pequeño de trabajadores y técnicos y que este número estuviera compensado, o atenuado, con el ingreso de contingentes de otros países.

No es así. Los porcentuales estimados de la población que saldrá del país este año en relación a la población económicamente activa hablan de guarismos muy altos.

Además, esta sangría demográfica se produce en un país que está estancado desde el punto de vista del crecimiento poblacional desde hace ya muchos decenios.

Justamente ahí radica una de las razones que diferencian los procesos migratorios de los países del Río de la Plata con otros que se registran en este período en otras regiones del planeta.

Las masas de exiliados que asedian las fronteras de la fortaleza europea provienen de países del Norte de África, asediados por la crisis agrícola y las tensiones religiosas y que, además, tienen índices de crecimiento demográfico elevados. No es el caso de Argentina y Uruguay.

Otra fuente dramática de desplazamientos poblacionales nace de las guerras nacidas de los conflictos étnicos, sociales, políticos o religiosos, tal como ocurre en el África subsahariana, en los Balcanes, o en Colombia y sus alrededores.

Tampoco por situaciones de ese tipo se puede explicar la masividad de la migración uruguaya.

Finalmente, a diferencia de otras regiones del mundo, como puede ser la de El Salvador, Haití y Santo Domingo, Uruguay es un país con una densidad de población extremadamente baja y buena parte de sus praderas está hoy virtualmente desierta.

Finalmente, como más de una vez lo han señalado las autoridades universitarias, el país debe examinar con cuidado el hecho de que una parte considerable de su gente mejor preparada desde el punto de vista técnico y profesional no tenga mejor opción que ir a emplear en el exterior los conocimientos adquiridos en el país, financiados por el conjunto de la comunidad.

El fenómeno llamado de la «fuga de cerebros» no afecta sólo a países como la India o Pakistán sino también a Uruguay, pues desde nuestras facultades y escuelas industriales salen también a raudales los recursos «intelectuales» necesarios para el progreso económico y el desarrollo social. *

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