La sagrada misión del canal oficial
Bienvenido señor director de Canal 5. Es un buen síntoma que uno de los primeros actos del gobierno sea una rápida designación en el Canal del Estado.
En épocas de cable, televisión abierta privada, señales de aire, el canal del Estado es el último refugio de los inocentes, de nuestra gente.
Somos los dueños, por lo menos, de esa parcelita de la comunicación.
Una comunicación que ha estado alejada de los más infelices y menos privilegiados, incumpliendo el mandato artiguista, y, lo que es peor, usando su nombre y su imagen para involucrarse muy frívolamente en alguna fecha patria, emitiendo imágenes conocidas y reiteradas de ceremonias oficiales.
Y la patria de Artigas se construye día a día a través de una sociedad ferviente y ejemplar, actividad que no se difunde y de la que no participa el canal oficial.
Hechos que no trascienden y que levantan la moral, que crean el espíritu de unidad y de orgullo nacional y la vocación profunda de ser uruguayos y artiguistas.
Es sagrada la misión que a usted, señor director, le toca, tal cual el maestro en la escuela, el profesor en la secundaria y aún el político (el suyo es un cargo político), es la sagrada comunicación con su pueblo, al que le venden escenografías lujosas y supermillonarias, lenguaje y groserías importadas, vedettes que muestran lo que tienen y lo que no tienen, teleteatros donde el padre tiene hijos con la cuñada y los hermanos entre sí, mucha sangre y además algunas cosas que no se pueden decir, otros que pueden hablar de más. Los feos, negros, pobres o deformes «no van»; el lujo deslumbra cada parte del Uruguay televisivo. Cuyos propietarios son lindos, ricos y buenos.
Ojalá señor que, en un tema clave como la comunicación, usted ayude a marcar aunque sea con trazo humilde, el perfile de un nuevo milenio, para la gente que componemos las grandes mayorías de nuestro país.
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