El Presidente en la Universidad

¿Asoman las patas de la sota?

Fiel a su estilo desprejuiciado, informal y sorprendente, enemigo de frases hechas y de solemnidades, y amigo de paradojas, el doctor Batlle concretó su primera visita oficial a la Universidad de la República.

Confirmando su interés en mantener el nuevo relacionamiento con los actores sociales y políticos inaugurado por su administración, el presidente exhibió su habitual franqueza –cualidad que él mismo se ocupa de resaltar– al asumir el diálogo con un organismo estatal que fue tradicionalmente el paradigma del cuestionamiento del poder y que se enfrentó decididamente a éste.

Hasta aquí, nada de qué asombrarse.

Quizá tampoco haya que asombrarse por ciertas afirmaciones realizadas por Batlle –que pueden haber desacomodado a más de uno– en la medida que forman parte de esa personalidad tan proclive a asombrar. No obstante, es bueno analizar algunos dichos del presidente –en su discurso y en declaraciones posteriores– que pueden ser vistos como señales de un intento por modificar su postura respecto de ciertos temas candentes.

En esa reunión con las autoridades universitarias, el presidente de la República acaba de instalar un cierto desasosiego, sembrando una semilla de inquietud. Es esta la segunda oportunidad en que el doctor Batlle aborda, en un discurso público (la primera vez fue al asumir el 1 de marzo), los lineamientos generales de su gestión política. Desde el discurso pronunciado ante la Asamblea General y hasta el martes pasado cuando fue recibido por el Consejo Directivo Central, el presidente no había formulado ninguna propuesta concreta. Había tenido, sí, actitudes generadoras de hechos políticos, pero ninguna referencia –salvo vaguedades o la llamada Ley de Urgencia– a proyectos que den la pauta de hacia dónde pretende el mandatario conducir el país.

Lo positivo del último discurso es que nos permite ir haciéndonos una idea más cabal de los proyectos del presidente. En uno de los temas en los que el doctor Batlle había exhibido una postura más clara (la búsqueda de soluciones para «sellar la paz») nos encontramos ahora con la inquietante afirmación de que el problema se resuelve «con el alma y no con decretos ni artículos». El excesivo recurso al alma torna vago e impreciso el rumbo que se ha de seguir en el tema, máxime si nos atenemos al propósito de prescindir del artículo cuarto de la Ley de Caducidad, único mecanismo legal habilitado expresamente para disponer investigaciones. Es probable que el Presidente se haya sentido obligado a abrir un paréntesis en el delicado tema creyendo necesario bajar un tanto la temperatura; no es imposible que haya sido sensible a ciertas presiones…

Cabe resaltar, pasando a otro ámbito, que por primera vez se manejó una propuesta para la reforma del Estado: una semiprivatización de las empresas públicas, en una suerte de capitalismo popular en el que los uruguayos serían los accionistas; algo similar a lo planteado por el escribidor Vargas Llosa cuando se postuló a la presidencia del Perú.

Por último, es de destacar la firmeza con que el doctor Batlle se mantiene en sus trece cuando de mejorar el presupuesto universitario se trata. Como él mismo lo reconoce, está demasiado viejo para cambiar, y nadie debe hacerse ilusiones respecto de la generosidad del Estado. A lo sumo, prometió impulsar actividades colaterales con el sector privado para incrementar los ingresos de la Universidad.

Parecería que por fin empiezan a asomar ciertas propuestas que nos permiten avizorar de manera más clara el rumbo que se pretende imprimir al país. Ya se nos había prometido más de lo mismo, pero ahora se nos dice cómo se hará.

No nos gusta, pero bueno es conocerlo.

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