De algunos conspicuos que no quieren entender el lenguaje nuevo
A juzgar por lo que sabemos y lo que sabemos es para festejar el presidente de la República, don Jorge Batlle, no ha expresado aún modos para «sellar la paz» entre los hermanos uruguayos. Sólo ha dicho que, para llegar a ello, es necesario que se inaugure un «estado del alma»; propuesta inusitada en los medios políticos consustanciados con el lenguaje del poder, y alternativa real si se dejan de lado argumentos y maniobras ligados a los hábitos del poder mismo.
También ha expresado, con absoluta convicción, seguridad y fortaleza, que el único autorizado para manejar este delicado asunto es él. Esta es la situación, y ninguna iniciativa que no la respeta tal cual es, que niegue alternativas o ensaye soluciones, puede manejarse con frivolidad o trampa. O con modalidades defensivas extremas, que conjugan ambas actitudes. Pero no todos los que debían callar han callado. Y da la no casualidad que algunos parlanchines ocupan sitiales destacados, lo que hace sus dichos más audibles y rechinantes.
En el listado se destaca el señor ministro de Defensa, Luis Brezzo, que en dos oportunidades produjo palabras no muy coincidentes con las de su superior jerárquico. También el comandante en jefe del Ejército, teniente general Juan C. Geymonat, y el último mohicano, senador (por la gracia de don Julio María), Yamandú Fau. Y el ex presidente Luis A. Lacalle y su diputado Francisco Gallinal.
El ex presidente Sanguinetti, luego de su apresurada y obvia intervención cuando el desenlace del caso Gelman, selló los labios. Comprendió que era mejor callarse que disculparse, y puede que, en código de entrecasa, haya trasvasado su ansiedad de expresión a fidelísimos (caso Fau). Lo más curioso que tal vez no lo sea tanto es que casi todas las intervenciones de los nombrados y de algunos otros menos conspicuos han hecho pie o pata en un término concreto, que por su entidad significa el punto más espinoso de uno de los posibles procesos de pacificación: el concepto de perdón.
Parecería que el empeño en considerar públicamente el tema del perdón es lo más contraproducente para la cierta neutralidad de ánimos que precede al «estado del alma» que ha elegido el presidente Batlle. Estado que, en su más pura acepción, significa dejar atrás los elementos especulaivos antes de poder acceder a un cierto vacío abierto a las últimas instancias que significa el diálogo íntimo y real trascendente.
Los que así tan empecinadamente han puesto el concepto del perdón en primer término, se equivocan. Es, sí, el primer término, pero de una situación personal purificada por la voluntad de realizar el diálogo yo-tú de que hablaba Martin Buber. Cuando alguien habla del alma, hay que recurrir a otras experiencias que las usuales. Hecho que entrama otro lenguaje.
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