Crisis en las bolsas y protestas contra el FMI y el Banco Mundial
La cobertura periodística de los acontecimientos de Washington muestra un cuadro con aristas sorprendentes: tal como ocurrió en diciembre pasado en Seattle, miles de activistas vienen realizando una serie de manifestaciones de protesta contra la globalización.
Algunas viejas consignas de la izquierda latinoamericana, ahora con un perfil y un contenido renovado, son impulsadas por organizaciones no-gubernamentales, grupos ecologistas, militantes libertarios, pacifistas, antinucleares y estudiantes.
Las manifestaciones de protesta coinciden con el surgimiento de un amplio espectro de opiniones críticas hacia los organismos conductores de la economía mundial (FMI, BM, Organización Mundial del Comercio, etc.) que parten, muchas veces, no sólo de organizaciones sociales o humanitarias sino de ex funcionarios calificados de esos mismos organismos, desilusionados con los resultados del proceso de globalización que se impulsa centralmente, como es el caso de Joe Stglitz, un ex economista del Banco Mundial, que ha expresado públicamente sus críticas al FMI.
La otra particularidad de la situación es que las manifestaciones se desarrollan en un momento en que la Bolsa de Nueva York experimenta las sacudidas más importantes desde la década del 80.
Se habla, una vez más, del viernes negro, con relación a la caída brusca de los precios de las acciones del pasado 14.
Ese día culminó una semana en la que, según la prensa especializada, se esfumaron la friolera de 2 mil millones de dólares, como resultado de la caída de los índices Dow Jones (que mide los precios de las acciones de las empresas industriales, llamadas de «la vieja economía») arrastrados por el derrumbe del índice Nasdaq que mide el desempeno de las acciones de las empresas ligadas a la informática, caracterizadas por el mayor empuje tecnológico de la «nueva economía».
Estos sacudimientos sin precedentes de la actividad bursátil han despertado la preocupación de los analistas de todas partes, especialmente de los que se hacen el seguimiento de las aporreadas economías latinoamericanas: el fantasma de un nuevo aumento de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de los EEUU vuelve a agitarse.
Así Alberto Ades, vicepresidente de la Goldman Sachs para mercados emergentes, le dijo a Clarín de Buenos Aires que «si se complica el escenario en Estados Unidos y las tasas suben, América Latina se vería afectada por tres vías: por un lado, la suba de las tasas de interés encarece el costo del servicio de la deuda externa. Segundo, si suben las tasas en Estados Unidos su economía se desacelerará, y aquellos países que están integrados a ella (como México) sufrirán consecuencias. Tercero, el menor ritmo en el PBI estadounidense puede hacer caer los precios mundiales de las materias primas, componente esencial de las exportaciones latinoamericanas».
En ese contexto cobra interés el contenido de las manifestaciones contra la globalización, el FMI, el Banco Mundial y la OM del C.
Cuando los nuevos protagonistas de las movilizaciones sociales sostienen que su «objetivo es construir un movimiento global que termine con el control de las grandes corporaciones y que (luchan) por una economía basada en la justicia social, el respeto al medio ambiente y los derechos humanos y donde el Estado proteja a los más débiles», estamos en territorio conocido por las fuerzas progresistas de nuestro país y de Latinoamérica.
Describen bien la situación los contestatarios de Washington: «El FMI y el BM dan créditos a los países más pobres a través de programas de ajuste que requieren la apertura de mercados, la privatización, la desregulación, salarios bajos (…) El objetivo de esa estrategia es que los países puedan pagar la deuda a los bancos del mundo desarrollado, pero la deuda sigue aumentando mientras el nivel de vida de la gente disminuye».
La vertiginosa globalización de los problemas ha ido generando su contrapartida: la internacionalización de las protestas, la agitación a escala global, planetaria, de los grandes traumas que las políticas del capitalismo actual imponen a una parte considerable de los habitantes de la Tierra, y a la Tierra misma.
El lado bueno de las cosas malas, diría el viejo luchador.
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