Qué alegría, querida María

ESTEBAN VALENTI

 

Ha pasado casi un año desde que te fuiste. El martes pasado nos reunimos en el Cabildo para asistir al lanzamiento de tu libro «La espera»(1). Desbordamos todo, el gran salón colonial, los amplios pasillos, la escalera. Hacía mucho tiempo que no veía tantos rostros queridos y amigos, tanta gente atenta y sensible, y tantos ojos con lágrimas.

Estaban allí tus compañeras de la cárcel y el tormento. No era fácil reconocerlas entre la multitud, pero tenían algo diferente en la mirada, en sus rostros tristes y orgullosos. Tu libro hablaba por ellas. Era su grito, su protesta, su generosidad, su tributo a la vida y a la libertad de todos. Tu relato era su propio relato, las cartas de amor eran su amor sufrido en la distancia, tus ausencias eran sus soledades.

Estaban Fernando y Lucía, promotores de la publicación. Uno en silencio, acompañándose contigo por la vida y ahora en la ausencia, tu hija con la misma entereza de la madre, pequeña y dulce habló de ti con admiración y orgullo no por tus páginas conmovedoras, sino por tu vida plena, exigente, alegre y severa y por todas las batallas que enfrentaste como militante comunista, sindicalista, estudiante, trabajadora de un juzgado de menores, esposa, amiga y madre. Y por la única batalla perdida.

Estaban tus hermanas, tus sobrinos, toda tu querida familia unidos en tu recuerdo y tu cariño.

Estaban tus amigos y compañeros, que se confunden. Muchos, muchos para volver a encontrarse con su historia, para sentir juntos que no fue en vano, que no fue un error y un descuido luchar, sufrir, morir. Y que discutir, criticar, preguntarse, no es lo mismo que renunciar y entregarse. Y sobre todo que en la mayor de las tolerancias, hay lugares diferentes en la mesa bien servida de este mundo.

Había periodistas, gente de la cultura, del teatro que leyeron y vivieron algunas de tus páginas y muchos otros. Y algunos se preguntaban ¿por qué no cabíamos, por que éramos tantos?

La respuesta está en cada uno de nosotros y hoy es tan difícil bucear en los sentimientos y los pensamientos colectivos. Pero me arriesgaré.

Estábamos allí porque no queremos olvidar, ni a ti, ni a nuestra historia verdadera, o al menos a nuestra visión de la historia, tan legítima y tan verdadera, como las otras historias. Ni más ni menos. Hasta hemos asumido el reto de un debate laico y franco, pero no aceptamos la complicidad del silencio y la opacidad.

Estábamos allí porque todavía sentimos indignación, sagrada bronca por tanta brutalidad y barbarie. Y ahora somos civilizados, tranquilos, hasta vegetarianos, pero no queremos ser miserables.

Pero creo que había otra causa nueva, otro impulso. Porque lo anterior es de larga data y ayer había más gente, más sensibilidad, más necesidad de mirarse a los ojos, de encontrarse. La tragedia que vive el país, las nubes siniestras en el horizonte de nuestra economía y de nuestras vidas cotidianas, nos impulsan a buscar encuentros. A la derrota de nuestra sociedad a sus profundas fracturas le sumamos muchas veces nuestras soledades. Fue un momento de encuentro y compartimos una de las pocas cosas que no puede llevarse el vendaval: nuestra sensibilidad, nuestra humanidad.

También hubo ausencias No seamos hipócritas

Qué alegría María, después de un año en el que nos hiciste tanta falta, en el que te añoramos tantas veces y buscamos la serenidad y la firmeza de tu amistad y de tus ideas te volvimos a encontrar y compartimos juntos la irreverente aventura de vivir, de luchar, de resistir. *

(1) LA ESPERA

De María Condenanza

Memorias para armar

Editorial Senda

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