Una reunión y sus consecuencias
La reunión «para la foto» que realizaron ayer los tres principales dirigentes de la coalición de gobierno debe haber preocupado a más de alguna de las personas que todavía tienen algunos depósitos en el sistema financiero. Si la idea primigenia del doctor Julio María Sanguinetti que, según algunas versiones, fue quien propició el cónclave, era tranquilizar a los mercados, el efecto logrado –tal como se experimentó ayer– fue totalmente inverso.
La ola de rumores que comenzó a bañar en los ámbitos de decisión económica era catastrofista, manejándose posibles vueltas de tuerca del gobierno para «congelar» las peores consecuencias de la falta de confianza en el futuro del país.
En Suárez y Reyes se reunían los tres máximos responsables del deterioro del país y la gente pensaba que de allí no podría salir nada bueno. Ese resultado es de una obviedad manifiesta. ¿Cómo es posible que alguien, a esta altura, pudiera creer que una «cumbre» de Batlle, Sanguinetti y Lacalle, quienes mancomunados han logrado acelerar el deterioro del país, pueda determinar que las aguas embravecidas por una tormenta, como pocas se han desatado en el país, se comiencen a apaciguar.
Más bien se debe interpretar que la acción del doctor Sanguinetti estuvo destinada a enviar un mensaje a quienes deben estar también preocupados por la situación uruguaya: los organismos multinacionales de crédito. Es que el descalabro nacional, la caída de las reservas que se encuentran en un deterioro límite, necesita bajo la pena de acelerar la fecha del default, que se liberen las nuevas partidas del empréstito otorgado por el FMI.
El objetivo puede ser, tratando de capear la tormenta, llegar al mes de octubre de 2004, cuando algunos de estos sectores políticos todavía puedan, distorsiones mediante, lograr –utilizando la vieja vía psicológica del terror– que los uruguayos olviden sus penas y nuevamente decidan en el marco de una elección nacional en contra de sus intereses.
Sanguinetti debe temer que junto al derrumbe del modelo, al que debe pretender ahora maquillar con algunos pases de magia, los llamados «partidos tradicionales» desaparezcan definitivamente como entidades políticas. Para ello se hace necesario que el FMI siga apostando a esta política económica y, fundamentalmente, que libere los nuevos 1.500 millones de dólares prometidos que posibilitarían postergar el derrumbe final, aunque el deslizamiento hacia él siga acelerándose.
Lo ocurrido ayer en Suárez y Reyes no es más que un conjunto de nuevos pero no novedosos fuegos de artificio, tan poco creíbles como la anunciada reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, destinada a que un representante del Encuentro Progresista pueda ingresar al mismo para realizar, desde ese asiento, una tarea de control.
Es que algunos que sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena y siguen con su ridículo dogmatismo fuera de época sin comprender que su modelo ha caducado definitivamente, utilizan todo tipo de recursos para ganar tiempo. Es que el poder que lograron, torciendo la voluntad popular mediante la implementación del balotaje, llega definitivamente a su fin.
Volviendo al principio de esta reflexión, la constatación de un hecho. La reunión tripartita de Suárez y Reyes fue uno de los ingredientes para que ayer aumentara la desconfianza y que los bancos se llenaran de mujeres y hombres preocupados por sus depósitos. *
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