Terrorismos y sutilezas verbales

JORGE R. BRUNI

 

Alguien me dijo que estaba caliente cuando en la última nota califiqué al ministro Bensión como un fiel representante de una secta de fanáticos extremistas y fundamentalistas.

No. No lo estaba. Las dos terceras parte del Senado y casi la unanimidad del espectro social –la última en pronunciarse fue la Cámara de Industrias hace apenas 48 horas– le dijo al ministro que la política económica debía cambiar porque el país corre el riesgo de desaparecer. Y Bensión, con ese clásico «buen humor y esplendorosa verba que le caracteriza», lacónicamente expresó: «Todo sigue igual». Ergo: al que no quiere sopa, dos platos.

¿Cómo no pensar entonces que estamos ante gente cuyo sectarismo e intolerancia económica y social la lleva, no a gobernar sino a despreciar a la gente y a la sociedad toda?

Lo cierto es que razones por un lado, y fundamentalismos y terrorismo verbal por otro, no son una buena receta para encarar una elemental, razonable e imprescindible discusión. Se transformará inevitablemente en diálogo de sordos, o como decía don Miguel de Unamuno, rescatado por el contador Lombardo en una nota de LA REPUBLICA: un monólogo entreverado. No, no estaba caliente.

Sí estaban calientes los ahorristas del Banco de Montevideo, el que se metió en el bolsillo no sólo la plata de la gente sino a todos los controles del Banco Central, cuando escracharon a mi ilustre ex profesor de Derecho Civil don Jorge Peirano Facio, que no es un recién llegado a estas lides. ¿Recuerdan el Banco Mercantil, unos cuantos años atrás?

En cuanto al escrache, como al pasar, ¡qué similitud con lo que sucede con nuestros hermanos del plata! No sólo por tratarse de un banquero sino por la composición social de los escrachantes. «Escrache VIP», tituló LA REPUBLICA.

Pero mejor no hablemos de ello porque se puede enojar el señor Presidente por la comparación con los argentinos.

Amigo lector: no sólo estamos en presencia de fundamentalismos y terrorismos verbales, sino también nos están envolviendo en una muy sutil y penetrante maraña de términos y conceptos que damos por buenos sin advertir todo lo que esconden.

A usted, a mí, a nosotros todos, nos enseñaron que la seguridad social era una especie de red protectora (¿recuerda la figura del paraguas protegiéndonos?) ante los riesgos que todos los días acechan a la gente: desempleo, enfermedad, accidentes de trabajo, vejez, invalidez y muerte.

Aprendimos también que una seguridad social bien entendida, era un poderosísimo factor de desarrollo con justicia social. ¿Cómo es posible entonces que se siga hablando de seguridad social cada vez que se hace referencia a las tristemente célebres AFAP?

En este mundo vertiginoso, donde reina lo financiero y la especulación, recordemos la noticia divulgada días atrás respecto de que uno de los importantes compradores de dólares en las últimas y alocadas semanas de timba financiera, fueron las AFAP.

Se me podrá decir que fue para la defensa de los dineros de los trabajadores. Lo acepto a título de inventario. Esa es otra discusión.

Pero vamos por partes, como decía Jack el Destripador. Lo sucedido con el dólar en estos últimos tiempos especulativos, no es precisamente para favorecer el desarrollo nacional, objetivo importante de la seguridad social, ¿no le parece? Y justo ahí aparecen como actores de primer nivel estas sociedades anónimas llamadas AFAP.

¿Vó so loco o te hacé? se preguntaba El Pulga, el inolvidable personaje de Peloduro ¿Por qué no llamar a las cosas pos su nombre, y decir claramente que no hay nada más alejado de la seguridad social que las AFAP, que sí son seguros mercantiles lucrativos e individualistas, nada solidarios?

Y así nos pasa con otros muchos términos. Resulta que los trabajadores no son personas sino recursos humanos o factores de producción, etc., etc.. Y Uruguay, Argentina y otros países no son subdesarrollados sino que se están desarrollando ya que nos llaman en vías de desarrollo. Lástima que, como decía, otra vez Peloduro, «a la historia se entra mirando de frente o reculando», como nuestros países.

Y podríamos seguir hasta el infinito. Indices de riesgo, default… bla, bla.

¿No le parece, querido lector, que en algún momento habría que hacer una especie de parate idiomático para analizar el lenguaje al que nos están acostumbrando los fanáticos ultraliberales que asuelan el país y la región?

Porque si no, va a suceder lo que en alguna nota anterior escribí acerca de lo que dijo alguien, no sé quién: vamos a terminar llamando, producto de la vaca al ternero, órganos vitales para los automóviles y piezas de recambio para el cuerpo humano. Total, todo vale. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje