Un intento de lapidación
CARLOS SANTIAGO
Es bien interesante lo ocurrido por estos días, especialmente aleccionador. Hablamos del choque –como el de dos trenes a toda máquina– que se produjo cuando se supo que uno de los más importantes juristas de nuestro medio, el doctor Gonzalo Fernández, un hombre de conducta intachable, maestro de leyes (se trata de un grado 5 de la Facultad de Derecho), dirigente de la izquierda y representante del doctor Tabaré Vázquez en la Comisión para la Paz, había aceptado defender ante la Justicia a un viejo compañero de aulas que lleva el apellido Peirano.
El escándalo fue inusual y sus efectos se comenzaron a entrelazar con valoraciones éticas y morales que, obviamente, sirvieron para que muchos uruguayos cerráramos nuestra capacidad de raciocinio, convirtiéndonos en militantes de una causa sectaria que intentó lapidar al doctor Fernández por haber actuado en consonancia con lo que sus maestros le enseñaron, desde Vaz Ferreira en adelante: que cada acusado tiene derecho a una defensa.
Las maniobras en el Banco de Montevideo-Caja Obrera causaron una indignación creciente, que además está alimentada por la inacción de la autoridad monetaria que pareciera haber hecho la vista gorda ante estas maniobras que le cuestan al país miles de millones de dólares, además de colocarlo en un declive que culminará en un abismo insondable.
Pero razonemos: ¿eso tiene algo que ver con la defensa que un abogado realiza de una persona lateralmente vinculada con los hechos? ¿Es que quienes intentaron lapidar al doctor Fernández aceptan que el derecho se aplique de maneras diferentes? ¿Una persona por llevar el apellido Peirano no tiene derecho a un abogado defensor?
Es entendible la reacción de muchos, especialmente en este tiempo de escándalo, cuando se vive la modificación de los paradigmas, convirtiéndose en una serie de símbolos propios, de inmediatez consumista, en donde vale el dinero y los bienes materiales, y no como en generaciones anteriores, donde se aquilataban elementos éticos que estaban vinculados a la familia, a la bondad, al respeto de las normas legales, a la solidaridad, a la vida austera, a la humildad. Hace algunos años, no muchos, una historia personal se construía en base a otras coordenadas, con respuestas más claras y globalizadoras, con formas de trabajo y entrega, en donde además del objetivo valía el trabajo humilde y esforzado en una militancia que signó a sus protagonistas de por vida. Se vivía en un marco de discrepancia dura, de enfrentamientos terribles, pero intentándose consolidar valores éticos que –se planteaba– debían ser inalterables.
Hoy los valores globalizadores son otros: se construye el destino personal, lo que es otro de los graves errores del modelo neoliberal, en torno a bienes materiales, a la competencia inaudita, desechándose los elementos fundamentales de la convivencia y cambiándolos por otros pobres en contenido.
Quienes con lucidez entienden la profundidad de la crisis, de este modelo que está llegando a su fin, olvidaron algunos elementos fundamentales para el Estado de derecho y la construcción de la democracia. Apuntaron al bulto, sin conocer mucho de lo que se hablaba, se subieron a una onda expansiva detonada por una «manija» malintencionada y mal informada con claros contenidos políticos. Como si el doctor Fernández no tuviera antecedentes suficientes como persona y jurista para ser respetado en una decisión. Valores, por otra parte, que deberían haber sido el elemento sustancial a tener en cuenta
La onda expansiva parece ahora haber perdido fuerza. Lo que queda es el dejo amargo de una situación ingrata, que nos trae a la mente una imagen, la de don Quijote batallando contra molinos de viento, mientras en la colina los verdaderos causantes del deterioro del país, observan un injusto y desproporcionado intento de lapidación. *
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