La censura que no fue
Una nueva frustración acaba de recibir el sufrido pueblo uruguayo cuando no se lograron los votos necesarios para censurar al ministro de Economía Alberto Bensión.
Todos coincidimos en que el mero hecho de la censura al ministro y al equipo económico no habría significado superar la crisis que nos agobia ni una mejora en la situación que todos padecemos.
Cuando el cambio de personal gubernamental no va acompañado de una revisión profunda de los parámetros con que ha venido guiándose ese personal, parece claro que no es sensato aguardar resultados espectaculares.
Sin embargo, todo hecho político tiene un profundo contenido simbólico, y la censura al ministro (y el consiguiente cese en sus funciones) habría tenido un significado de enorme relevancia visto desde ese ángulo.
En primer lugar, que una mayoría de legisladores se hubiera pronunciado condenando al ministro de Economía y su política, habría sido percibido por la sociedad como una muestra de honradez intelectual y de consecuencia con principios largamente enunciados.
Habría significado, asimismo, una presión necesaria contra el Poder Ejecutivo, llamándolo a reflexionar y a oír todas las voces desconformes con el rumbo trazado.
No debe olvidarse que el gobierno ha practicado el ninguneo no solamente hacia las organizaciones sociales sino que también han sido víctimas de su soberbia los propios socios de la coalición, quienes se ven obligados a mendigar que el superior gobierno se digne atender alguna de sus propuestas.
Al mismo tiempo, se habría oficializado una pequeña fisura en la coalición de gobierno, una fisura ya palpable aunque sistemáticamente ocultada a los ojos de la opinión pública.
En tiempos de descrédito del sistema político, el sinceramiento podría haber coadyuvado a la tan necesaria recuperación de la credibilidad.
Los legisladores blancos, con la honrrosa excepción de Joge Larrañaga, han sorprendido a la sociedad toda, y especialmente a su electorado, que sufre como cualquiera las consecuencias de la crisis.
Dejaron escapar la oportunidad histórica de distanciarse de un gobierno que ya los ha contaminado con su desprestigio.
La tan esgrimida gobernabilidad –esa suerte de «responsabilidad política» mal entendida– se ha convertido en la silla de ruedas sobre la que se desplaza penosamente un gobierno paralítico, pues no otra imagen que la de parálisis es la que muestra la coalición de gobierno.
No se confunda responsabilidad con prudencia ni madurez con temor; muchas veces, ser responsable exige una cuota de audacia y de coraje. *
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