El papel del Partido Nacional
Podríamos hacer algo de futurología y comenzar a pensar cuál sería la respuesta del presidente del Partido Nacional, el doctor Luis Alberto Lacalle, si el país ingresara en una cesación de pagos en el marco de un proceso hiperinflacionario. Ello, por supuesto, luego de haber ordenado que se votara en contra el pedido de censura del ministro de Economía, lo que significa -como sabe hasta Perogrullo- avalar no sólo a todo el equipo sino, también, a la propia política económica dogmática que está destruyendo al país.
En esto no se admiten medias tintas. Cuando los dirigentes nacionalistas afirman que su actitud de apoyar todas y cada una de las medidas que propone el equipo de gobierno tiene el sentido de defender la «gobernabilidad», se introducen en un tema grave que debiera ser analizado a fondo por los uruguayos. ¿Cómo es posible que no entienden esos dirigentes que, en estas circunstancias, son el fiel de la balanza y que sus posiciones pueden determinar cambios en la nefasta política económica? ¿Cómo es posible que sigan recorriendo el camino impuesto por Batlle y Bensión, sin comprender que el abismo se encuentra cada vez a menos pasos?
La responsabilidad de los nacionalistas es muy grande. Es bien claro que no quieren dejar al país sin quien lo gobierne, pero sí pueden imponer dentro de la alianza que tienen con el Partido Colorado, medidas para evitar tanto dislate y torpeza, que son el producto del juego recesivo y perverso que hace el gobierno -tan cortoplacista como nefasto en sus resultados- que comenzó por empobrecer a todos, sin importarle afectar de manera decisiva a las fuerzas productivas y que ahora se debate contra una situación cada día más grave, fruto incontrastable de sus errores.
Ayer el Banco Central realizó tres nuevas licitaciones, que son operaciones a muy corto plazo y a altísimo interés (se pagó entre el 110 y el 120 por ciento), con el fin de que el dinero en poder del sistema financiero no se utilizara en la compra de divisas.
Se trata de otro acto de la política suicida emprendida luego de la caída en picada de las reservas que se utilizaron de manera dispendiosa para tapar los agujeros creados por el sistema financiero, que primero se lanzó con voracidad sobre el dólar (recordemos el estallido especulativo ocurrido el 4 de enero) y luego cuando varias entidades -desfalcos mediante- entraron en default técnico.
La sangría de reservas nos está dejando inermes ante una realidad cada vez más difícil sin que, además, se ponga en marcha ninguna acción que posibilite revertir la situación, o sea, comenzar una inmediata política de reactivación. Estamos al borde del abismo y, seguramente, el gobierno todavía confía que aparezca nuevamente el maná salvador que nos envía el FMI.
¡Ojalá que ocurra! Pero esa «generosidad», ¿por cuánto tiempo alargará la vida de una economía que está paralizada?
El tiempo se acorta y el «niño mimado» del gobierno, que es el sistema financiero, vive una crisis terminal que sólo resolverá su fulminante reestructuración. Un sistema cuya crisis terminal, por no haberse reestructurado en tiempo y forma, le costará a los uruguayos más de 3 mil millones de dólares. ¿Se imagina el lector ese dinero puesto en la economía, tratando de reactivarla? ¿Lo piensan los dirigentes nacionalistas?
Quizás no lo entiendan, pues están evidenciando con su acción tozuda y fuera de la realidad, carecer también de imaginación. *
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