Financiaciones partidarias

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

No por repetido y conocido deja de ser gravitante el tema de las financiaciones partidarias, y la aproximación paulatina de los actos electorales alerta sobre su reglamentación. Si a eso se le suman las denuncias sobre aportes del gran contrabando organizado, según declaraciones del director de Aduanas Lissidini, sean o no ciertas, a todos los partidos políticos, el asunto merece un toque de atención. Tiempo atrás, ya nos habíamos referido a las situaciones cuando expusimos sobre las fundaciones internacionales, política de vieja data en el ambiente. Los costos electorales se han ido con el tiempo agravando. Sobre todo en materia de propaganda y movilizaciones en general incluyendo la televisión de innegable eficacia proselitista que encareció los mencionados costos. Hoy, una campaña nacional presidenciable de cualquier partido hay que calcularla en cifras millonarias en dólares. O sea, entre los males que la realidad trasunta, ésta lleva a que no llegue el más capaz sino el que puede o tenga la habilidad o suerte de conseguir esas «piastras». Esto es real. Las cámaras se han ido con el tiempo degradando intelectualmente e incluso moralmente en forma inexorable. Y es justamente sobre este último punto, el ético, donde es más trascendente. Se puede no ser muy «vivo» y equilibrarse con trabajo, dedicación, buena fe y honradez. Pero la prebenda, extorsión, mala fe, y venta de voluntades, no tiene remedio. Aunque sean «inteligentes» que, es obvio, tampoco lo son. Es conocido el «mangazo» que individual o en equipo se hace cuando se aproximan los comicios por parte de la «clase» política a las industrias, comercios y empresas importantes de plaza. La misma, si bien no tiene nada de ético, se puede enmarcar dentro del «caradurismo» congénito. No llega a lo delictivo si no media la simple extorsión o amenaza, que se ha hecho o promesa de futuros «beneficios», que también se otorgan a cambio de emolumentos solicitados para las arcas partidarias por los «donantes». Cosa bastante común, según dicen y por demás creíble. Nadie al ser «soguedo» da nada si no obtiene nada a cambio. Y a esta suerte de «cometas» partidarias, para financiar la «campaña», no se salvan ni tirios ni troyanos. Se hacen prolijas listas y los «recaudadores» repasan con detenimiento estos muy pintorescos, abusivos e inmorales recursos. Es probable, sin dudas, que los contrabandistas, toda una «industria» nacional fronteriza y ramificada en todo el territorio nacional, también caigan en la redada, interesados en que les permitan proseguir con su «honrado» laburo, aporten «patrióticamente» a esos efectos. Enmarcado dentro de esa generalidad, está la otra referida que, me animaría afirmar, debe ser bastante mayor. Y son las adhesiones a las famosas fundaciones. Hanns Scheidel, Conrad Adenauder, Internacional Socialista, Internacional Demócrata Cristiana, La Neuwmann, la que tenían los «bolches» provenientes de la vieja Rusia, etc. La mayoría, por no decir todas, disfrazadas de cultivadoras de la más puras democracias, claro está, enfocadas desde sus parámetros ideológicos. Dan conferencias, mesas redondas, exposiciones por conferencistas internacionales pletóricos de diplomas de las más diversas y encumbradas universidades gringas.

Claro, según las concurrencias, adhesiones y docilidad a esos «principios» expuestos y la correlativa obediencia a todo lo que exijan esas «desinteresadas» fundaciones dependerá del aporte, generalmente cuantioso, futuro. Es obvio que países débiles, y chicos como nosotros, si no mantenemos principios nacionales con fuerza y dignidad, el comprarnos se les hace a esos poderes multinacionales relativamente fácil. Hace poco, y a título de ejemplo, hubo algún jerarca ministerial que trajo ofertas de adhesión a la Democracia Cristiana Internacional, nada menos que para el Partido Nacional. Según me dicen, no se resolvió aún, y espero, no obstante ser yo cristiano pero políticamente nacionalista, que se dé por traste dicha «elevada» oferta. Se supone que todo partido político tiene su ideología en lo externo y en lo interno propio. Si terminan adhiriéndose a una multinacional extranjera, por más cristiana que sea, hay que bailar al son de la música que nos toquen, máxime si después se les pide dinero a las fundaciones correspondientes que representan en la trastienda a intereses imperiales. Llámense FMI, Banco Mundial, BID, o directamente de la embajada sita en la calle Lauro Müller. Todo es una inmoralidad de producirse. Y nadie se escapa de las influencias que hacen cada día al país más dependiente y moralmente más pobre y miserable. No obstante, es lamentable ver ampulosos doctores engalanar brillantes y enfáticos discursos («piquitos de oro») llenos de promesas y decisiones patrióticas que las terminan vendiendo ante las exigencias de las fundaciones imperialistas. En puridad, todo un «paquete» vomitivo. O sea, para evitar estas lacras, hay que empezar por legislar una reglamentación estricta de funcionamiento partidario en materia de recursos con los controles estatales estrictos respectivos. El Estado en primer lugar debe reglamentar en esa función, un tiempo menor, no más de dos o tres meses, las campañas electorales. Es también evidente la reducción de comicios. Cuatro en menos de un año como se realizaron en el último período es disparatado desde todo punto de vista. Los aportes pueden venir de ámbitos personales de correligionarios si los hay, haciéndolos por beneficio de la cosa, y aportes regulados suficientes del propio Estado. Propaganda televisiva y radial equilibrada e igualitaria de manera que las ideas sean expuestas a la elección del ciudadano sin presiones masivas reiteradas, etc.

Habría que afinar el lápiz. Por el bien del ámbito político desprestigiado moralmente y por supuesto por el bien país.

No se puede seguir llegando con incapaces, alcahuetes o lo que es peor, inmorales. *

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