Urticante presencia de un funcionario norteamericano
No pasa un día sin que algún alto funcionario norteamericano, o jerarca de algún organismo internacional de crédito, formule declaraciones que constituyen una muestra patente de intromisión en los asuntos internos de alguna nación latinoamericana.
La actual administración norteamericana ha venido hilando una suma interminable de despropósitos, todos, lamentablemente, apuntando en el mismo sentido de desconsideración, avasallamiento y subestimación de estas repúblicas al sur del Río Bravo.
Los hechos han ido bastante más lejos de lo que pareciera surgir del abundante anecdotario que se difunde acerca de la ramplonería y la ignorancia que exhiben algunos altos funcionarios del gobierno: constituye, con todos sus atributos, una fase de la política internacional estadounidense, período cuyos antecedentes más próximos habría que buscarlos en la llamada «política del garrote» desarrollada por el primero de los Roosevelt (Teodoro), durante su presidencia en los primeros años del siglo veinte. Teodoro Roosevelt, vale la pena recordarlo, de quien se dijo que siendo algo así como el brazo ejecutor de la política de Monroe: «América para la americanos» la conjugó con energía y la transformó en «el mundo para los americanos».
En este sentido de políticas de intromisión y presiones, en los últimos meses se ha producido una serie de hechos que introducen variantes novedosas en las relaciones de los Estados Unidos con América Latina.
Presiones sobre Brasil ante la inminencia de un triunfo de la oposición progresista, participación en el frustrado golpe contra el presidente de Venezuela Hugo Chávez y presiones económicas y diplomáticas a la Argentina, una nación considerada hasta ayer en situación de «relaciones carnales» para decirlo con las lamentables palabras del señor Carlos Menem.
En el marco de este ciclo nefasto, se anuncia ahora la llegada a Brasil, Argentina y Uruguay de un funcionario con una trayectoria política particularmente urticante para la región: el responsable para el área del Departamento de Estado, señor Otto Reich.
Sus antecedentes lo vinculan a la campaña desarrollada durante el gobierno de Ronald Reagan contra el gobierno popular del Frente Sandinista en Nicaragua, con el desarrollo de las tácticas criminales de la llamada «guerra de baja intensidad» y el hostigamiento a cualquier tentativa de cambios progresistas en Centroamérica.
Sobre Otto Reich pesan denuncias graves de aquel período, hace alrededor de veinte años. Incluso su nombre está ligado a un episodio de gran resonancia en los Estados Unidos como fue el llamada escándalo Irán-Contras, en el desenlace del cual Otto Reich fue separado de sus funciones.
Más grave aun resulta la constatación de la participación de Reich en la formulación de los apoyos norteamericanos en el frustrado golpe cívico militar contra el presidente Chávez.
La recorrida de Otto Reich por las inquietas pampas mercosurianas aparece expresamente vinculada a las presiones que desde el Fondo Monetario se están ejerciendo para imponer al gobierno de Duhalde las pautas que son vistas como convenientes por las autoridades norteamericanas.
Una vez más parece visualizarse con claridad el antagonismo entre las aspiraciones, el estilo y las propuestas e imposiciones norteamericanas con el afán de las repúblicas del Sur de realizar su propio destino, ejerciendo para ello su inalienable soberanía.
En la reciente cumbre de Presidentes del Mercosur celebrada en Buenos Aires los magistrados de la región acordaron, de manera por demás adecuada y pertinente, trasladar la legítima protesta de estas naciones ante la política de subsidios que desarrolla el gobierno de los Estados Unidos, política que constituye un obstáculo serio para el desarrollo del comercio al que aspiran con todo derecho nuestros países.
Pero es poco probable que estos temas sean abordados con un funcionario de trayectoria tan conspirativa y urticante como el que ahora nos visita. *
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