Pa´l que se va
JULIO CESAR MARTINEZ – Periodista
No sé bien qué edad tendrá Miguel. No lo conozco mucho, aunque hace varios años que somos compañeros de trabajo, pero más allá de una que otra charla y una que otra «gauchada» de él hacía mí, no hemos realmente cultivado una amistad en el sentido pleno. Pero nos conocemos, y mal que bien cada uno sabe del otro lo imprescindible para mantener una convivencia laboral sin encontronazos ni diferencias muy notables.
Pero no es justamente referirme a las cualidades de nuestro conocimiento con Miguel el motivo que me llevó a escribir estas cuartillas. Sucede que Miguel tiene una hija que por supuesto adora. Sucede que Miguel se ha roto bien el traste desde siempre laburando en uno o dos lugares y haciendo todas las changas que le era posible. Sucede que Miguel llegó a pasarse dos o tres días sin dormir tratando de redondear un salario que le permitiera al menos vivir dignamente, pasarle la pensión alimenticia a su hija y poder él de alguna forma, ya que es un hombre joven, reanudar su vida, reencontrando quizás el amor y un nuevo hogar, lo que no es mucho aspirar porque es, al fin y al cabo, lo mínimo que un ser humano puede desear en este mundo embrutecido por la soledad y la angustia.
Pues bien, sucede que Miguel, ya tiene prontas las valijas para irse del país en pocos días. No importa adónde, puede ser a Canadá, Australia, Estados Unidos o el Congo Belga si aún existe. Lo que importa es que Miguel emigra, yo casi diría que huye, con justa razón de este país sin horizontes, casi sin esperanzas, de este país donde si un laburante se atrasa dos meses en el pago del servicio de electricidad estatal le cortan la luz y lo mandan al Clearing y no puede comprar nunca más a crédito ni una aspirina, mientras que dos o tres o no sé cuántos hijos de buena madre, funden un banco y el gobierno les tira millones de dólares para salvar el negocio. Porque los bancos se funden pero los banqueros, que yo sepa, no terminan jamás indigentes.
Por eso y otras tantas cosas Miguel se va, como se han ido en los últimos meses decenas de jóvenes amigos y conocidos. Suman más de treinta mil los «migueles» que se han ido en poco tiempo. ¿Y acaso el gobierno denuncia a estos «balseros» criollos? Todos los días les escuchamos decir para justificar sus actitudes que en Cuba, por ejemplo, la gente huye desesperada por el hambre, la miseria y la falta de respeto a los derechos humanos. Suponiendo que fuera así, yo pregunto ¿por qué se va Miguel? O lo digo de otra forma ¿se iría Miguel si tuviera trabajo, vivienda digna, y pudiera darle a su hija salud, educación, recreación, etc., tal y como deber ser? ¿Y esos no son derechos humanos elementales? Y otra cosa: a los conocidos de siempre que se pasan despotricando y fantaseando sobre los que huyen en el Caribe desde la Cuba Socialista al «paraíso de democracia de Miami» en frágiles balsas arriesgando morir en la demanda o ser devorados por feroces tiburones, a esos quisiera preguntarles: ¿se imaginan lo que pasaría si Uruguay estuviera a pocas millas de la costa estadounidense como está Cuba? Les puedo asegurar que ante el hambre, la desocupación y la indigencia, ni falta harían las balsas, cruzaríamos a nado ¿y los tiburones? ¡Nos los comíamos en el viaje, qué joder!
Sucede que la hija de Miguel, que tiene apenas 15 años, pasa a integrar esa legión de muchachitas y muchachitos «semihuérfanos» que abundan hoy en el país, ya que si bien no han perdido a sus padres definitivamente, están a miles de kilómetros de ellos y ni siquiera un cheque mensual en dólares puede llegar a sustituir lo imprescindible de la presencia del padre en el recinto familiar o al menos, muy cerca de él.
Y esos «semihuérfanos» que le decía, se suman a los miles de padres desesperados y solitarios que ven desgajarse su familia con la ausencia de sus hijos que emigran, en el momento justo en que quizás, por comenzar la curvatura de la vida, más se les necesita aunque sólo sea como «bastones» emocionales. Siempre me acuerdo cuando hablo de este asunto, de lo que me decía un viejo «tano» viñatero de mis pagos de San José al hablarme de su tierra y de los años de la gran depresión: ¿Sabés lo que pasaba? en aquellos tiempos ustedes nos mandaban carne de vaca a Europa y nosotros les mandábamos carne de nuestra propia carne a América».
Por supuesto, sé que me van a decir que en todos lados pasa lo mismo, que ya pasó incluso aquí, que en este mundo globalizado y en plena era de las comunicaciones, este tipo de situaciones ya no tiene la misma relevancia de antes. Escuchamos días pasados a un diputado decir que realmente lo que ahora sucedía con los jóvenes que se iban al exterior era más o menos lo mismo que sucedía antes cuando los muchachos del campo emigraban a Montevideo en busca de mejores destinos. Que no era para alarmarse y que todos tenían derecho a forjarse su futuro donde quisieran.
Allá él con sus definiciones insensatas. Pero todo lo dicho viene al caso simplemente porque se me ocurrió garabatear unas cuartillas para despedir a Miguel y decirle como dijo el «Flaco» Zitarrosa, tené muy en cuenta que «cuanto más lejos te vayas, más te tenés que acordar». *
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