Escándalos financieros en el Primer Mundo
En el curso de los últimos meses una serie de fraudes perpetrados en grandes empresas conmovió a la opinión pública de los Estados Unidos. Se trataba de empresas de gran porte y, en algunos casos, con fuertes vínculos con el sector político.
En el caso de la energética Enron, los vínculos apuntaban a las cimas del poder republicano, incluyendo a la familia del presidente y a una porción considerable de las representaciones políticas que habían recibido apoyos por demás consistentes para el financiamiento de campañas políticas.
Al caso de la Enron siguieron los de WorldCom, Dynegy, Xerox y hasta se ha denunciado la situación irregular en la que estaría colocada la empresa Disney.
Dado el impetuoso desarrollo de las empresas y la expansión de la actividad bursátil todo condujo a que una parte considerable de los empleados estadounidenses decidiera invertir sus ahorros en acciones. Acciones en las propias empresas en que trabajaban.
El ahorro destinado a la seguridad social apareció entonces atado a la misma cadena del desarrollo de las empresas empleadoras. En el momento del derrumbe, junto con el descalabro de su situación laboral actual, millones de empleados de las grandes corporaciones vieron también fuertemente perturbada su tranquilidad futura.
Para algunos analistas norteamericanos, los episodios de las empresas fraudulentas están enfrentando a la clase media norteamericana con el poder de las grandes corporaciones.
Al mismo tiempo, muchos de los principales líderes y articuladores del gobierno presidido por George W. Bush aparecen vinculados con fuertes lazos a grandes corporaciones.
La alteración inescrupulosa de los balances para «inflar» en el papel las ganancias de algunas de estas grandes empresas ha provocado, según varias apreciaciones formuladas por analistas del devenir económico, el crecimiento de una honda inquietud en sectores de la sociedad norteamericana que, hasta ahora, habían disfrutado de altos niveles de seguridad para sus ingresos y para la retribución a sus inversiones en el mercado accionario.
Refiriéndose a esta cuestión, días pasados el diario Clarín de Buenos Aires indicaba un deterioro creciente de la imagen pública del gobierno: un sondeo reciente del prestigioso Pew Research Center muestra que la aprobación de Bush en el manejo de la economía cayó del 60% al 53 % en el último mes y que sólo el 30% del electorado ve mejoras económicas en el último año.
Como se ve, el desarrollo de la corrupción en las grandes corporaciones podría tener como resultado un cambio en las preferencias electorales de los norteamericanos, que deberán atravesar en noviembre próximo la instancia de unas elecciones legislativas que podrán o no modificar en forma efectiva la integración del Congreso.
Hay además otras conclusiones interesantes que se derivan de los escándalos en curso. Algunos analistas vinculan este auge de la delincuencia de «cuello duro» con la aplicación de una serie de leyes destinadas a avanzar en la desregulación de la economía norteamericana. Leyes de desregulación que, para Dick Gephardt, líder de los demócratas en la Cámara de Diputados, son esencialmente inmorales, como lo comprueban estos fraudes.
La semana que culmina hoy mostró hasta qué punto el retoque de los balances es una modalidad delictiva que no aflige solamente a las empresas norteamericanas. La difusión pública de los fraudes contables de la empresa francesa Vivendi Universal mostró que también en Europa se desarrollan singulares habilidades para engañar al público y a los accionistas. Una instancia de contralor bastante fuerte que existe en Francia, la Comisión de Operaciones Bursátiles, constató que la empresa franco-norteamericana había adoptado no sólo procedimientos análogos a la Enron sino que se apoyaba en la misma consultora, Anderssen, que la gigantesca empresa norteamericana.
El escándalo de la Vivendi Universal tiene para nosotros, en Uruguay, otras connotaciones: sus vínculos con empresas que operan en el país son conocidos. Y también su vocación para hacerse beneficiaria de los procesos de privatización que se impulsan desde arriba.
El mundo globalizado es un pañuelo. Y, cada vez más, un pañuelo sucio. *
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