La culpabilización del bienestar

HUGO BARRETTO GHIONE

 

Hay una sugerente actitud en parte de la sociedad, promovida por ciertos medios de información y por el gobierno nacional, de ver en quienes (todavía) mantienen ciertos niveles aceptables de condiciones de trabajo, un objetivo a perseguir, a fin de desmontar esos logros.

Se trata de observar con inquina situaciones de cumplimiento de la normativa laboral, de salarios negociados entre trabajadores y patrones, de estabilidad en el empleo. Se promueve su denuncia, se persigue y culpabiliza a quienes sostienen márgenes de calidad de vida en el trabajo. Lo que hasta ayer era ejemplo de buenas prácticas y de situaciones a emular, hoy es motivo de miradas de soslayo, acusadoras e incisivas, de comentarios que traspusieron el umbral de la voz baja maledicente para postularse casi como exigencias de un nuevo bien común constituido por el imperativo de reducir los niveles e «ir a menos».

Hay colectivos de trabajadores que son blancos inocultables de esta cruzada hacia la baja. Se promueve la caza del bienestar: «todos me apuntan con el dedo/ menos los mancos, que lo perdieron» ironizaba Brassens hace algunos años.

Así, ante la estabilidad de los funcionarios públicos, parecería preferirse la «influencia directriz» del jerarca de turno para remover a su antojo. (Bueno es decirlo: el proyecto de rendición de cuentas avanza sustantivamente en ese sentido, al facilitar la declaración de excedencia de funcionarios). Al salario de los empleados bancarios parecería preferirse el de los empleados de vigilancia (es ya recurrente el ejemplo de «lo que gana el portero del banco», a quien se compara con los docentes universitarios y con todo otro funcionario o empleado público o privado mal remunerado que exista). Al horario de trabajo en la salud, parecería preferirse las jornadas de quienes no tienen ningún límite. A quienes mantienen una negociación colectiva basada en la propia fuerza gremial, se les ve como corporativos y blanco inmediato, y parece preferirse la negociación individual, más que nunca desigual e injusta. La empresa unipersonal como sucedáneo del asalariado agremiado es la utopía implícita.

¿Cuál es el ideal de quienes postulan esta escudriñadora mirada a las condiciones de vida de las personas? ¿Se pretende el descenso al Ultimo círculo de lo tolerable?

Mi estado del alma y lo que gana el vecino

Esa tosca insistencia en lo que gana el vecino y sus condiciones de trabajo y de vida puede provocar a la larga una serie de consecuencias negativas en el ánimo de las personas y de la sociedad toda. La mirada torva y el rictus negativo en torno a las condiciones de trabajo del prójimo, superiores a la propia, es proclive a generar sentimientos tan variados como envidia, celos, egoísmo, rivalidad, codicia, malevolencia, aborrecimiento, insatisfacción, contrariedad, desazón, amargura, pesadumbre.

Valorar negativamente a quienes vienen sorteando con mejor suerte la crisis no parece un camino aceptable en lo ético y social.

Antes bien, parece más positivo tramontar la cuesta entre todos que tirar hacia abajo a los demás. Los instrumentos a emplear son más dignos del Quijote que de Caín: esperanza, humanidad, solidaridad, justicia, altruismo.

No jugar al achique

A muchos quedó la sensación de que ciertos partidos pueden ganarse si no se persiste en jugar a la defensiva. La falta de riesgo e imaginación puesta en la cancha a veces se traduce a nivel social y en dimensiones diversas a la deportiva. Algo de eso parece estar ocurriendo en el mundo del trabajo y en el tema de las condiciones de trabajo, que hoy nos ocupa. La medición del bienestar en el trabajo, lejos de perseguirse y culpabilizarse, es objeto de promoción en países que se toman como ejemplo para tantas cosas. Algunos Ministerios de Trabajo que trabajan en serio se ocupan de medir estas cuestiones.

No debe entenderse que se trata sólo de medir los ingresos salariales, tan agredidos en nuestro país por esa especie de chupacabras llamado impuesto a las retribuciones personales. El bienestar en el trabajo es considerado en forma mucho más amplia, y está sometido a una serie de condiciones referidas a la calidad de vida, el orgullo que sienten las personas por la tarea que realizan, el nivel de alineación que ostentan los asalariados en su puesto de trabajo, el grado de identificación y participación que tienen en su empresa u organización y la independencia de la que disfrutan cuando realizan sus tareas. Estas variables son tomadas en cuenta en algunos países como España para medir la calidad de vida en el trabajo, mediante una encuesta que pretende facilitar información sustantiva sobre las relaciones sociales, la situación, las actitudes y los valores que tienen los ocupados hacia el trabajo.

La consideración contextual aludida sitúa adecuadamente el debate en un nivel desacostumbrado en nuestro país, pero necesario para comprender la multidimensionalidad del fenómeno trabajo en las sociedades modernas. Esta visión superadora de los ejes tradicionales en que se analizan las variables componedoras del bienestar en el trabajo, enfatizando en aspectos cualitativos respecto de los habituales (ingreso), pone de manifiesto con mayor relieve lo desenfocado e insuficiente del debate actual en nuestro país. La vida está en otra parte.

La consideración sobre la calidad de vida en el trabajo debe acompasar y enriquecer todo el debate en curso, aportando su perspectiva vital y profundamente humana, para dejar definitivamente de lado la acumulación de infortunios como única vía para superar la crisis. Que no nos pase como en la fábula «El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio» de Augusto Monterroso: «Hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho». *

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