Batlle pide que traigan la plata fugada
Quien pretenda seguir el acontecer político uruguayo con un mínimo de sensatez y precisión corre constantemente el riesgo de despistarse, de perder el hilo conductor que permite comprender el curso de las cosas.
Con una frecuencia cada vez mayor, noticias impactantes e inesperadas irrumpen en el firmamento.
Puede suceder que las más sonoras declaraciones oficiales, procedentes de las más altas cimas estallen ante la opinión y se desvanezcan en términos de días y a veces de horas.
Vivimos así bajo un desfile permanente de noticias fulgurantes que nacen y mueren sin que sean examinadas por ninguna instancia política, ni jurisdiccional ni parlamentaria. Fuegos de artificio, instantáneas mediáticas que sirven para cazar y retener efímeramente a algunos incautos. Bajo el cambiante resplandor de estos «flashes» se tiene la sensación creciente de estar en una suerte de «corte de los milagros» donde todas los discursos son posibles, donde ningún funcionario ni partido político ni órgano del Estado rinde cuenta de nada de lo que dice o hace.
Lamentablemente un asiduo concurrente a estos podios del impacto mediático es el señor Presidente de la República, después de unos días de sosiego; silencio apreciado, aunque a la postre breve.
Reintegrado al disfrute que le produce el espectáculo ya lanzó nuevos proyectos de reforma constitucional y un conjunto salpicado de ideas llenas de ingenio.
El pasado miércoles 3, a propósito del acto lanzamiento de una nueva variedad de vino realizado en la sede de la Cámara de Industrias del Uruguay, el doctor Batlle se lamentó públicamente de que «los uruguayos», dijo, han colocado fuera del país (en bancos extranjeros) una suma equivalente a toda la deuda externa que el país tiene.
Dijo que la situación del país había sido muy mala en los primeros meses del año y exhortó, «a los uruguayos» a volver a traer su dinero a los bancos uruguayos.
La noticia de la existencia de una fuerte corriente de capitales nacionales que fugan al exterior había sido denunciada más de una vez, incluso avanzando hacia algunas conclusiones acerca del significado de esta constante descapitalización que sufre nuestra economía, descapitalización que, por lo demás, no es muy distinta a las que sufren otros países ricos y hoy empobrecidos de nuestra región.
Para un asunto de una importancia tal, aceptado por el propio Presidente de la República, mal puede aceptarse un tratamiento superficial y pasar alegremente a hablar de otra cosa.
Si el país necesita de la inversión productiva, si se ve sometido a toda clase de imposiciones distorsionantes para obtener el «visto bueno» de las oficinas especializadas que regulan y orientan la inversión, si la nación se endeuda pagando intereses leoninos y sometiéndose a condiciones draconianas, no valdría la pena incorporar a la reflexión nacional el dato que ahora, como quien dice una travesura juvenil, reconoce públicamente el Presidente.
Si, como se ha señalado más de una vez, resulta que los déficit y las reconvenciones de los países centrales las están pagando con los capitales que se fugan de las economías de los países más empobrecidos, ¿no será que hay que examinar al conjunto de las reglas de juego que nos impone el mundo globalizado?
¿O vamos a tomar como algo «natural» la lógica especulativa que no reconoce fronteras nacionales, que se desinteresa del destino y de las circunstancias del país?
Vale la pena preguntarse ¿quiénes son y cómo obtienen las fortunas que se fugan? ¿Qué mecanismos habilitan este mecanismo que constituye una verdadera hemorragia de los recursos nacionales?
Los responsables de la situación que denuncia Batlle, ¿serán los trabajadores, los asalariados de los Entes Autónomos? ¿O habrá que buscarlos por otro lado?
No es serio seguir pidiéndole «sacrificios» a la población sin examinar con responsabilidad estos temas. *
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