La Soberanía Alimentaria: base para la sustentabilidad y la autodeterminación
KARIN NANSEN
Al referirnos al concepto de soberanía alimentaria, estamos apelando al derecho a la alimentación de los pueblos, incluido en la declaración de los DDHH, ratificada en la Cumbre Mundial de Alimentación en Roma en 1996 por los estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Pero además, al reivindicar la soberanía alimentaria, estamos denunciando las acciones de los gobiernos desde esa Cumbre a la fecha. Estos, lejos de adoptar e implementar las premisas básicas de la seguridad alimentaria –todas las personas deben tener acceso a alimentos suficientes y de alta calidad– han aceptado las directivas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y las instituciones financieras internacionales para implementar el modelo que impone el ajuste estructural de la economía y la liberalización del comercio.
El sistema neoliberal pretende imponer a lo largo y ancho del planeta un modelo único, homogéneo, sustentado en la doctrina del crecimiento económico continuo y el libre comercio. La realidad nos muestra día a día los impactos nefastos de este modelo, dejándonos ver la otra cara de la integración de los mercados que es la exclusión social, económica y política de la mayoría de la población. Para confrontar este sistema y sus doctrinas resulta necesario confrontar una falacia y demostrar que el comercio no es libre, sino que es impuesto, que se basa en relaciones profundamente desiguales y que está fuertemente regulado en función de los intereses del capital transnacional. La supuesta mano invisible del mercado no es otra cosa que el apéndice de las transnacionales que controlan un 75% del comercio mundial, intercambios comerciales que muchas veces se realizan entre las propias filiales de las mismas empresas. El comercio agrícola en particular está dominado por los países desarrollados quienes acaparan el 70% de las exportaciones e importaciones.
La apertura de los mercados del Sur impuesta por los procesos de liberalización comercial, lleva a la ruina a los productores de alimentos que no logran competir con los productos subsidiados de las grandes corporaciones alimentarias del Norte, y resulta entonces en un aumento en la importación de alimentos que destruyen la producción nacional y atentan contra la soberanía alimentaria. En nuestro país se importan productos agropecuarios como porotos, tomates, ajo, maíz, lácteos, que compiten con la producción nacional, causando su destrucción y la desaparición de los pequeños y medianos productores. En los últimos 40 años han desaparecido 35.000 productores
El modelo impone la homogeneización de los sistemas de producción y la especialización para poder competir, dejando de lado la diversificación productiva, básica para la soberanía alimentaria y para la sustentabilidad agropecuaria. Los organismos internacionales como la OMC apuntalan estos procesos devastadores para la gran mayoría y enriquecedores para una pequeña minoría, estableciendo las normas globales que los sustentan y cerciorándose de su cumplimiento a pies juntillas, lesionando gravemente la soberanía de los pueblos.
¿Por qué la Soberanía Alimentaria es nuestra meta?
Porque en un país como el nuestro, con tanta disponibilidad de recursos naturales aptos para la producción de alimentos, no podemos aceptar que una sola persona pase hambre y menos aun que el 40% de nuestros niños esté viviendo por debajo de la línea de pobreza y sufriendo los efectos de la desnutrición.
Por ello reafirmamos lo que acordáramos en el Foro Mundial sobre Soberanía Alimentaria –preparatorio de la última Cumbre de la Alimentación– realizado en La Habana en el mes de setiembre de 2001: sólo cuando cada pueblo pueda definir sus propias políticas y estrategias sustentables de producción, distribución y consumo de los alimentos que garanticen su derecho a una alimentación sana, con base en la pequeña y mediana producción, considerando en igualdad de condiciones los derechos de toda la población, estaremos en camino de garantizar la soberanía alimentaria duradera y sustentable.
La soberanía alimentaria reclama además el derecho al acceso a la tierra para quienes quieran producir y la aplicación de los principios de agricultura sustentable y la conservación y uso sustentable de la biodiversidad. Tal como lo plantea el Tratado sobre Agricultura Sustentable, emanado del Foro de ONGs y Movimientos Sociales reunido durante la Cumbre de la Tierra en el año 1992, esta forma de agricultura preserva y promueve la biodiversidad, mantiene la fertilidad del suelo y la pureza del agua, mantiene y mejora las características físicas, químicas y biológicas del suelo, recicla los recursos naturales y conserva energía.
Emprender el camino hacia la agricultura sustentable permitiría pensar en producir alimentos diversos, sanos y nutritivos, utilizando recursos renovables disponibles a nivel local, tecnologías apropiadas y accesibles y minimizar el uso de insumos externos y costosos, incrementando por tanto la independencia y autosuficiencia locales.
Sólo si somos capaces de garantizar el acceso a una alimentación sana y suficiente para todas las personas, principalmente para los sectores más vulnerables, podremos comenzar a hablar del ejercicio pleno de los derechos de la ciudadanía. *
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