Reivindicación del doctor Sacchi
La circunstancia de haberse hecho público que el doctor Sacchi no tiene títiulo de abogado ha provocado efusiones y comentarios diversos y encontrados. En algunos casos una especie de indignado escándalo barato, si no cretino, que muestra desconocer –por ejemplo– que uno de los máximos arquitectos del siglo XX, el francés Le Corbusier precisamente, nunca tuvo el título universitario correspondiente. Aunque sus obras estén vivas y fermentales para siempre.
Pero con Sacchi –el caso de la titulación de Búsqueda (30-III-2000) es ilustrativo– la tontería escandalosa de quien maneja «primicias» llega a límites extremos al calificar al doctor Sacchi de «falso abogado».
En los hechos –como veremos– podría hablarse de un abogado real sin título universitario, es cierto, pero nunca de un falso abogado. El adjetivo falso conlleva un cierto matiz peyorativo, que evoca mala intención, hecho fraudulento, carencia de rectitud y nada de esto hay evidentemente en este caso referido a Sacchi.
En cuanto a la condición de «doctor» que encabeza esta nota, tal denominación no debe verse desde una perspectiva burocrático-administrativa, sino en un ámbito cultural más amplio, más humano y humanístico.
Porque según nuestro idioma –circunstancia avalada en los diccionarios comunes y especializados– doctor es «un especialista en determinado campo del saber… o persona de riquísima formación en el mismo». Tal el caso del doctor Sacchi, personaje destacadísimo en lo que hace al derecho público y notoria figura en cuanto al derecho laboral, para el cual ha hecho importantes aportes originales. A mayor abundamiento, todo lo antes citado es fuente de consulta –personal y a través de sus varias obras publicadas– para cientos de abogados cuyos conocimientos mucho tendrían que envidiar a los del doctor Sacchi, sin que esto implique desmedro para ellos.
En lo que se refiere a la calidad de abogado (lat. advocatus) bueno es remitirnos a lo que dicen los diccionarios en general que, con pequeñas variantes, informan que abogado es una «persona que se dedica a defender en juicio los intereses de los litigantes y también a aconsejar sobre cuestiones jurídicas».
Así como el Diccionario de la RAE agrega matices a lo antedicho pero en lo grueso coincide con la definición trascrita, justo es reconocer que también hay algunas obras que hacen caudal de los aspectos legales que nos parecen menores. Pero también hay que reconocer que la definición general que antecede se aplica con precisión al caso del doctor Sacchi.
En el conjunto de todo este lamentable episodio también sorprende y hasta duele el limitado enfoque de la decana de la Facultad de Derecho, escribana Teresa Gnazzo, que parece ver el problema en cuestión desde una perspectiva que llamaríamos burocrática, formalista y penalizadora, sin decir palabra –le hubiera correspondido– del alto valor intelectual y jurídico del «impugnado», que es precisamente el meollo de la cuestión.
En vez de felicitarse de que en nuestro medio intelectual se haya dado esta fiesta del espíritu que es tener a mano un especialista de altísimo nivel, se cae en la penosa confusión entre sabiduría y título y a continuación se evocan futuras medidas administrativas penalizadoras para las cuales, desde ya, se está pidiendo severidad y controles, nada menos. ¡Decepcionante!
Menos mal que, como contrapartida, se alzan voces de personalidades del derecho tales como el doctor Plá Rodríguez, el doctor Cassinelli Muñoz y el doctor Daniel Ochs, entre otros, que ponen las cosas en su justo orden, es decir, primero lo más importante, es decir la versación de Sacchi, y después lo accesorio al respecto, los aspectos formales.
Pero volvamos a la falsa inferencia sabiduría y título: festejemos lo primero y busquemos solución a lo que tiene solución.
Los detalles burocráticos que tanto preocupan a algunos siempre, siempre, tienen solución.
La acumulación y ordenamiento sistemático de la sabiduría no es tan simple, aunque sea lo realmente valioso de esta historia: en eso no hay fácil voluntarismo, sino amor y vocación.
Preguntémonos si acaso no existe la condición de doctor «honoris causa» para los personajes de valor superior o eminente. ¿Aplicable o no en este caso, tal vez? como reparación a tanta desconsideración y ensañamiento respecto a un valioso especialista, un verdadero doctor en lo suyo.
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