La injerencia inadmisible de los organismos financieros internacionales

El historiador y escritor argentino Atilio Borón afirmaba, en el pasado mes de marzo, que la realidad de su país configuraba «el más rotundo fracaso del neoliberalismo a nivel mundial y la más dramática experiencia de declinación económica del siglo XX».

Con lucidez, Atilio Borón advierte que, independientemente de la cuota parte de responsabilidad que pueda caber a los hombres que gobernaron ese país en los últimos lustros –y sobre todo durante el decenio menemista–, el colapso de la economía argentina es la consecuencia directa de una política diseñada y digitada desde los centros mundiales del poder económico. Dice Borón: «lo cierto es que el libreto de este drama fue pergeñado en Washington y avalado hasta el final por el FMI, cuando su fatal desenlace era visto hasta por un ciego».

A esta altura nadie puede negar que son esos organismos internacionales –que responden fielmente a los intereses de las grandes transnacionales– quienes digitan los lineamientos de la política económica que deben seguir los gobiernos del mundo pobre. El próximo paso es ya la injerencia lisa y llana en la vida política de las naciones subdesarrolladas. Algo de eso puede verse en la respuesta de las calificadoras de riesgo ante la intención de voto de los brasileños: cuando la popularidad de Lula iba en aumento, subió en varios puntos el riesgo país, y cuando las encuestas muestran una pequeña caída del candidato del PT, el riesgo país disminuye en algunos puntos; como para advertir al electorado del país norteño qué opción electoral deben reputar como correcta.

Pero volviendo a Borón, vale la pena transcribir su propuesta que, si bien está pensada para la Argentina, es perfectamente coincidente con las aspiraciones de las fuerzas progresistas y de la Concertación para el Crecimiento: «Establecer una legislación tributaria progresiva que reconstituya el Estado y las finanzas públicas y ponga fin al infinito subsidio a los ricos y los grandes capitales mientras se profundiza el saqueo de los trabajadores, los pequeños ahorristas y los consumidores en general. No hay que hacerse ilusiones: si no se reconstruye el Estado, destruido por el menemismo, no habrá democracia ni vida civilizada, y nos sumergiremos en un brutal ‘estado de naturaleza hobbesiano’. Segundo: deberá producir un shock redistributivo que permita la recomposición del mercado interno, sin la cual no hay crecimiento posible. Si persistiera en su actitud suicida de escuchar los cantos de sirena del FMI y sus voceros, el naufragio será inevitable, con lo que se abriría un ciclo de violencia y dolor que nadie quiere en este país».

Felizmente, frente al fenómeno de globalización de la economía, se va produciendo una respuesta también globalizada. Justamente para hoy, 26 de junio, está convocado un «cacerolazo» en Bruselas, la capital de la Unión Europea. Golpeando sartenes y ollas, ciudadanos belgas y holandeses, militantes antiglobalización, sentarán en el banquillo el papel que desempeña la UE en las negociaciones de la OMC. Lo interesante del llamamiento es que se trata de un «concierto de cacerolas inspirado en el modelo argentino», según reza la convocatoria. Las negociaciones sobre la liberalización del comercio de servicios conciernen no sólo a los profesionales, los seguros, la comunicación, sino también a los servicios públicos esenciales como la cultura, las bibliotecas, los canales públicos, la enseñanza, los cuidados de la salud, los transportes públicos, la energía y el agua.

Que estos ejemplos sirvan para redoblar esfuerzos de militancia en todo el mundo hasta desterrar definitivamente de la comarca este modelo nefasto que nos agobia. *

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