Uruguay necesita una constituyente revolucionaria
RAUL CAMPANELLA
Los uruguayos están haciendo un ejercicio de previsión de lo que resta por venir en los casi tres años de Gobierno que le restan a Batlle, el 1º de marzo de 2005. La misma noche del jueves 20 de junio, aparecen los senadores Couriel y Astori dando un apoyo crítico a la devaluación («se ha realizado muy tarde, en el peor momento» etc.). Legisladores del Partido Nacional han pedido la cabeza, esa misma noche, del ministro Bensión. Todo esto, que a muchos les puede parecer como una ficción (¿quién es aquí la oposición?, nos preguntan) toca tierra a las pocas horas: aumentos de precio de alimentos esenciales, por ejemplo, nada menos que la carne, en un 30%, remarques de precios a doquier, como el anunciado para el azúcar (un 20%), un 18% para las harinas, etc. Mientras los gerentes de los supermercados declaran «existe confusión en la plaza», por las dudas, la consigna es: «Â¡a remarcar!»
Los posadistas jamás nos tragamos el sapo de la «estabilidad de la moneda», socialmente traducida en algo similar a la «estabilidad de los cementerios». No fuimos defensores de la particular tablita cambiaria de Batlle-Bensión. No lo vamos a ser tampoco ahora. Pero sería criminal apoyar una devaluación como la efectuada sólo porque facilita las posibles, nunca seguras, exportaciones, cuando debemos reclamar, con fuerza, cuando deberíamos ponernos a la cabeza de la movilización por empleo y por un salario vital mínimo, y jubilaciones mínimas para todos los uruguayos.
La libre flotación del dólar acelera la crisis general, incluida la del Estado, los Gobiernos Municipales de todo el país, porque todos van a descender más en la recaudación. La población estaba desde tiempo dejando de pagar tributos. Y esto se acentuará. Se davalúa pero se mantiene íntegra, se intenta al menos, la política económica, cuya garantía es la «estabilidad» del ex secretario de la Asociación de Bancos contador Alberto Bensión. Los cientos de miles de desempleados, con empleo precario, los asalariados, todos estamos siendo golpeados por la inflación que acompaña la devaluación, «libre flotación del dólar», ha dicho el ministro.
¡¿Qué hacer?! Proponemos concertar entre todas las fuerzas sociales, el PIT-CNT, los sindicatos de todo el País, la «Concertación para el crecimiento», el FA-EP, sectores del Partido Nacional –ese frente único social antiiemperialista que tuvo su pico de expresión el 16 de abril pasado en el Obelisco– una movilización general, en todo y de todo el país, con una plataforma mínima: empleo para todos, salario mínimo vital, crédito estatal a bajo interés para la producción nacional, priorizando el mercado interno, y consulta popular.
A pesar de que El Observador ha involucrado a nuestro Partido, el POR posadista en escraches y escupitajos, no promovemos estallidos, protestas aisladas. Lo que sobra en Uruguay es voluntad de lucha organizada de la población. Nadie puede honestamente decir que el pueblo uruguayo carezca de voluntad. Ha sabido usar hasta el máximo, por ejemplo, los referéndum, aun cuando se han desconocido anteriores pronunciamientos, ha extremado su esfuyerzo en los paros generales, ha marchado por cientos de miles en todo el país, ha comprendido la necesidad de acordar alianzas entre los sindicatos y las cámaras patronales, ha sostenido la Central única, la más grande bancada de izquierda que en cualquier país del mundo. Ha soportado, sin claudicar, la emigración de una parte fundamental de su gente, sin claudicar. Ha sido solidario con Cuba socialista, como con Venezuela antiimperialista. ¡¿Qué más le vamos a pedir a los uruguayos?! Por ejemplo, No le vamos a pedir pasividad ni apoyos críticos a la devaluación de la moneda. Le vamos a proponer, le debemos proponer, consultarlo. Es necesario llamar a una consulta popular para convocar, para organizar un llamado a una constituyente transformadora, no reformista, parcializada, sino revolucionaria, para cambiar las bases actuales de funcionamiento del país, para refundar al Uruguay.
No se puede continuar tirando, todos los días, la piola de la paciencia de la población. No se puede dar apoyo crítico a políticas que otros hacen contra la población. Es necesario ponernos a la cabeza de la movilización de la población.
La misma existencia del FA-EP estaría en cuestión si no somos capaces de luchar para transformar la dura realidad que está viviendo nuestra población. Tenemos el riesgo de pasar a formar parte de la llamada «clase política» sino encaramos, con audacia, una política que nos conduzca a participar ahora de las decisiones, incluso formando parte del Gobierno Nacional. La participación en el Gobierno, producto de la movilización de la población, será tomada como un triunfo por la sociedad, no solamente por el millón de gente que votó a Tabaré Vázquez en noviembre del 99. Con ese sostén, con el proceso de maduración posterior expresada en la Concertación y el rompimiento de cientos de miles de compatriotas con los Partidos de la coalición, tenemos capacidad, tenemos fuerzas organizadas, maduras, expectantes, para decidir transformaciones en la vida nacional. No temamos: el pueblo uruguayo, como lo ha hecho el magnífico pueblo venezolano, con el contragolpe revolucionario que reinstaló a Hugo Chávez en el poder, como el pueblo paraguayo, peruano, argentino, ecuatoriano, brasilero, sabrá comprender nuestras dificultades, aún nuestros errores y limitaciones desde el Gobierno (como lo ha hecho, por ejemplo, con el Gobierno del FA-EP en Montevideo). Tenemos todos los elementos para ser profundamente optimistas ante el colapso del sistema.
Los dirigentes debemos, todos, sin excepciones, estar a la altura de las responsabilidades en que la población nos ha colocado. Como decía el cantautor español Labordeta «la historia no tiene piedad con los hombres». *
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