Medio Oriente en el laberinto nuclear
IRMA MARIA OLIVERA
La existencia de un poderoso arsenal nuclear en instalaciones subterráneas del territorio de Israel es un aspecto poco divulgado del conflicto en Medio Oriente. Como lo es, por ende, su incidencia en el frágil equilibrio de la región y del mundo.
El proyecto Dimona, que lo hizo posible, comenzó en los años 50, al amparo del programa de EEUU Atomos para la Paz. El primer ministro David Ben Gurión adujo que Israel necesitaba la tecnología nuclear para una fase esencial de su desarrollo: la desalinización del agua de mar. Y afirmó que la noticia sobre la futura construcción de una bomba era «una mentira deliberada o insensata». Lo que se buscaba era un desarme «general y total en Israel y en los estados árabes vecinos». No obstante, en carta al presidente John F. Kennedy, de los años 60, recién divulgada en 1993, reconocía a Israel el derecho a tener «una opción nuclear», como única forma de contrabalancear la superioridad numérica de los árabes. Para lograr dicho objetivo, se intensificó la colaboración con Francia; que el presidente Charles de Gaulle procuró detener en la etapa de instalación de una planta que posibilitaría la obtención del material para que «un brillante día pudieran emerger de ella bombas atómicas» –según escribía en sus Memorias. Sin embargo los contactos entre Shimon Peres y Pierre Guillaumat, a cargo del programa nuclear francés, continuaron. Además, en los años 70, Israel se acercó a Sudáfrica, pese a su régimen racista de apartheid, país que contaba con un interesante programa de «explosivos nucleares pacíficos». El trabajo conjunto alcanzó brillo propio con el estallido de un artilugio sobre el Atlántico sur, en 1979, producto de la operación Fénix.
Siete años después, el técnico nuclear Mordechai Vanunu, que había trabajado en Dimona, exhibió pruebas al diario inglés Sunday Telegraph que no dejaron dudas al físico Frank Barnaby, quien las examinó, sobre el carácter bélico del programa israelí. En un artículo, publicado en 1987, procura dar una respuesta al interrogante de por qué tiene Israel un arsenal tan poderoso, que incluye armas termonucleares, cuando, como elemento disuasorio, le bastaría una docena de armas ordinarias de fisión, del tipo Hiroshima o Nagasaki, apuntando hacia las principales ciudades árabes. Descarta su empleo táctico que sería tan peligroso para los enemigos de Israel como para su propio ejército y población civil. Sólo cabría suponer que los científicos nucleares, apoyados por las fuerzas burocráticas y económicas, creen que la seguridad nacional depende del avance constante en el área de su especialidad.
Avner Cohen, investigador de la Universidad George Washington, en un artículo basado en su libro Israel and the Bomb (de 1998), se pregunta, a su vez, si Israel no ha ido demasiado lejos; si su poderío nuclear no ha llevado a sus líderes a creer que nada importa sino el poder y que la paz debe ser dictada y no negociada. Egipto, en varias ocasiones, ha insistido en la iniciación de discusiones sobre una zona libre de todo tipo de armas de destrucción masiva, incluidas las nucleares, paralelas a las negociaciones de paz. Pero, los dirigentes israelíes han dejado claro que no tienen intensiones de abandonar «la opción última» aun concluidas satisfactoriamente aquéllas. Postura que llevará a nuevas y severas tensiones en Medio Oriente y minará todos los esfuerzos que se hagan para evitar que los países árabes, por su parte, procuren obtener armas nucleares. Propone Cohen que se rompa el código de silencio dentro de Israel, al que se han conformado Parlamento, partidos políticos, prensa y sectores académicos; abdicando de sus deberes en una sociedad abierta. Sostiene que la bomba debe democratizarse y que debe ser llevado a la discusión pública el tema de las armas nucleares y del impacto sobre el ambiente y la salud humana que implica su fabricación y ensayo. Como ha ocurrido, en alguna medida, en EEUU, durante el gobierno de Bill Clinton.
La dificultad de llevar a la práctica la propuesta de Cohen quedó de manifiesto, el mismo año en que la formuló, al criticar el viceministro de Defensa del gobierno de Benjamín Netanyahu «la tendencia existente en Israel de revelarlo y contarlo todo que se está volviendo cada vez más peligrosa», a propósito de una denuncia de parlamentarios de la oposición sobre la realización de ensayos nucleares sobre el golfo de Eilat. En 2001, las declaraciones del presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, acerca del uso de sustancias radiactivas contra manifestantes fueron rechazadas por un portavoz del ejército israelí como «invenciones irritantes».
Después de todo, Mordechai Vanunu, condenado a dieciocho años de cárcel por «causar grave daño a la seguridad del Estado», acaso no haya hecho sino un intento desesperado para impedir que su país continuara avanzando en el laberinto nuclear que lo podría llevar a su propia destrucción y a la de los disputados territorios de Medio Oriente. *
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