Montevideanos a la intemperie

Mientras el gobierno sigue adelante con sus funestas decisiones económicas y la libre flotación del dólar sumerge a miles de compatriotas en la incertidumbre; mientras la dirigencia política evalúa la pertinencia de interpelar al ministro de Economía y llevar adelante la censura; mientras el fantasma de la inflación empieza a asomar en el horizonte uruguayo; mientras el rigor del invierno se hace sentir como pocas veces, nos hemos olvidado de que hay un par de miles de compatriotas que viven en la calle, según datos proporcionados por la Intendencia Municipal de Montevideo.

La literalidad de la expresión es una bofetada en el rostro de una sociedad que, a pesar de mantener ciertos rasgos de solidaridad, está desestructurada, y cuyos miembros se hallan demasiado ocupados en resolver sus situaciones y problemas individuales, angustiados por la falta de empleo y por la caída de sus retribuciones.

No se trata de dos mil personas que tengan vivienda precaria o que habiten piezas de pensión. No: se trata de gente que no tiene dónde pernoctar; que no tiene ni una habitación, ni una cama, ni un techo. Que pasa el día deambulando por las calles, mendigando o haciendo changas, y que, llegada la noche, debe buscar el abrigo de algún portal o de una cornisa porque debe pasar la noche a la intemperie.

Cuando hablamos de estos «sin techo» no usamos el término porque no sean propietarios de su vivienda o porque enfrenten alguna dificultad para tener un hogar o porque vivan en cantegriles. Estamos hablando de seres humanos que no tienen un lugar donde vivir, comer y dormir mínimamente protegidos de las inclemencias del tiempo.

Como con claridad queda expuesto en la nota aparecida en nuestra edición de ayer, además del problema físico –primordial, quizá– la situación de esos compatriotas defnitivamente marginados de la sociedad esconde terribles problemas espirituales.

La soledad, la sensación de abandono, el fracaso laboral, los probables fracasos afectivos, el nihilismo, el miedo acompañan como fantasmas a estas criaturas que en un momento desistieron de seguir luchando para mantener o para conseguir algo.

Las gestiones emprendidas por diversos organismos estatales y por la IMM tienden a paliar por lo menos en parte –y por un tiempo– la situación límite que viven los sin techo. El plan invierno o las campañas solidarias para dar comida caliente y cama a quienes carecen de ella es una ayuda muy importante que debemos aplaudir pero no deja de ser un paliativo a una realidad que es producto del modelo esencialmente injusto y de un Estado prescindente e insensible a ese drama. *

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