Ante la reinstalación del debate sobre los años oscuros

El retorno de un discurso agresivo

El resurgimiento del debate en torno a la necesidad de sellar la paz entre los uruguayos  saludable iniciativa del presidente Batlle  ha promovido ciertas actitudes que se contradicen con lo que ha sido el discurso oficial desde hace 15 años.

No incluimos, desde luego, los exabruptos del general Fernández, oportunamente sancionado por el doctor Batlle, ya que las salidas de tono y los desplantes de jerarcas de las Fuerzas Armadas estuvieron presentes en varias ocasiones durante ese lapso; recuérdese que cada 14 de abril debimos soportar arengas improcedentes que jamás recibieron sanción alguna.

Pero lo que sí llama la atención es observar cómo ciertos dirigentes han retomado un discurso obsoleto y agresivo  bastante semejante en definitiva al castrense  que entra en flagrante contradicción con lo sostenido hasta el cansancio por el oficialismo: que era preciso no tener ojos en la nuca, que era mejor olvidar el pasado, que era mejor no meneallo como condición para cerrar las heridas y proceder a la reconciliación de la sociedad.

Como es sabido, nosotros hemos combatido tal tesitura por entender que para llegar a una auténtica reconciliación asentada sobre cimientos sólidos, es menester proceder a un sinceramiento y a un conocimiento de la verdad, como forma de garantizar un verdadero nunca más y una pacificación valedera.

Sin embargo, creemos que la reciente discusión suscitada en la Cámara a propósito de la famosa bandera de los Treinta y Tres Orientales no sólo contradice la doctrina de soslayar el pasado sino que en nada promueve la reconciliación; es que la peripecia del icono sustraído del Museo ya ha sido suficientemente debatida y sus responsables han dado las explicaciones del caso hace ya diez años. ¿Qué se busca entonces? ¿Cuál es el verdadero propósito de algunos legisladores que retoman el tema con el mismo enfoque de antes, ignorando los debates anteriores y sus resultados? Se ha reiniciado una discusión inoportuna y estéril que no apunta a la pacificación.

Por otro lado, tenemos al doctor Sanguinetti que ha tomado la campaña electoral como pretexto para lanzarse con nuevos bríos a la cruzada ideológica contra los infieles de la oposición de izquierda. Si no fuera porque nos consta que el ex presidente es un intelectual humanista y demócrata, podríamos pensar que ciertos pasajes de sus discursos apoyando a Magurno o a Hackenbruch han sido redactados por algún escriba castrense de los que quedaron fijados en la ideología maniquea de los setenta y ochenta.

¿Qué oscuro fin persigue el ex mandatario cuando dice que blancos y colorados se han sumado «para decirle que no a los que han estado apoyando dictaduras en todo el mundo y un día trajeron la violencia a este país»? ¿Es éste un discurso pacificador que promueve la reconciliación de los uruguayos?

Al lado de estos dos ejemplos de intolerancia y de rencor hacia los adversarios, se impone resaltar la actitud tolerante y mesurada del senador José Mujica, que muestra una saludable disposición al diálogo y una postura sensata en un tema que tanto irrita a la derecha. En declaraciones recogidas por LA REPUBLICA luego de su encuentro con el doctor Batlle, el dirigente del MLN afirmó: «Estoy dispuesto a pedir perdón por los errores cometidos, pero quiero que junto a mí estén también disculpándose (…) los que no estuvieron del lado de la democracia cuando las papas quemaban».

He ahí resumido con toda claridad el quid de la cuestión: asumir públicamente un pasado que, obviamente, para nadie resulta grato, pero que es el único camino que puede conducirnos a la cicatrización de las heridas, tan reclamada por toda la sociedad.

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