Defender la alegría
CARLOS BOUZAS
A medida que iba transcurriendo la jornada del domingo 26 se fue instalando en mi cabeza la canción con que titulo esta nota. Pertenece al disco «El Sur también existe», que Joan Manuel Serrat grabó con letras de Mario Benedetti.
Según la poesía hay que defender la alegría contra todo: el caos, las pesadillas, las miserias, ausencias, anestesias, escopetas, el pasmo, el rayo, la melancolía, el mar, las lágrimas, las buenas costumbres, los apellidos y el azar. También hay que defenderla contra todos, especialmente los académicos, los rufianes, los caballeros y los oportunistas. Defenderla como una trinchera, un atributo, un estandarte, una certidumbre. Y porque hay que defenderla como algo inevitable, debemos defenderla también de ella misma.
Esa alegría omnipresente me acompañó durante todo el día, incluso cuando hice un paréntesis para comer unos ravioles. Porque a la hora de los ravioles, antes de ella y mucho después, hasta que pasaron las nueve de la noche, los locales de votación instalados en los comités de base de las coordinadoras K y Q de la ciudad de Montevideo, que me tocó recorrer, presentaban mil problemas a los que todos los que andábamos en la vuelta procuramos darle solución. Y no me alegraron los problemas, no, por supuesto. Lo que me hizo sentir bien permanentemente fue la circunstancia de que esos problemas estaban originados por la concurrencia de miles de compatriotas a las urnas, para elegir las autoridades del FA, en una cantidad que ninguno de nosotros esperaba, sinceramente.
Recuerde usted: los uruguayos estábamos pasando un fin de semana de angustia, con la amenaza del enésimo ajuste fiscal y el ronroneo de una crisis financiera parecida a la de Argentina. Nos daba mucha rabia volver a ser los paganinis de la boda –como ahora ya sabemos que lo somos– sin que nos prometan (aunque más no sea) algo más que alejar el peligro hasta el próximo ajuste. Entonces tanto usted, como yo, como su vecino y el mío, vieron en las elecciones del Frente una forma de apoyar a los que ofrecen una alternativa de salida con trabajo, sin emigración, mitigando la miseria con dignidad.
¿Y sabe que tuve presente en esa maravillosa jornada, además de la canción? Que esa concurrencia masiva de nuestro pueblo, disipó totalmente las dudas de sí debíamos dejar a todos los orientales que opinaran sobre nosotros, independientemente de que ya fueran adherentes frentistas, o lo hicieran en el mismo momento del voto. ¿Verdad que sí? Y más todavía: que cuando nos reunimos unos poquitos en los comités de base, manteniéndolos vivos con frío y con calor; y rezongamos a distancia a los que no vienen, acusándolos de indiferentes, o inconscientes; aunque creamos que ellos no nos dan pelota, sí lo hacen. Pasan de largo por el local pero nos están observando. Diría más: se sienten seguros porque nosotros estamos allí.
Eso sí: sería bueno que nosotros mismos aprovecháramos las circunstancias actuales para reflexionar en torno a la hipótesis de si nuestras conductas, nuestra manera de discutir, nuestra tendencia a autoflagelarnos buscando –hasta encontrarlo– el defecto estatutario, o dudando de la condición de frenteamplista de quien discrepa ocasional o permanentemente conmigo, no tendrán algo que ver con la renuencia de nuestros amigos y compañeros a concurrir a las sesiones del comité de base. Y le digo eso porque, justamente, el día que no les pusimos condiciones, que no discutimos problemas internos como único asunto, vinieron todos a visitarnos, a acompañarnos, a respaldarnos y a decirnos que nosotros somos la verdadera alternativa. ¿No le parece?
En una pared de uno de los comités de base de la Coordinadora Q, me despidió un fragmento de una poesía de Juan Gelman: «Es bueno andar con la sonrisa entera. Silbar bajito una canción cualquiera. Tener un perro, un árbol, un amigo».
Yo estoy de acuerdo. Trato de trabajar todos los días para eso. Creo que no siempre lo logro. Pero el domingo 26 fuimos miles los que hicimos verdad los dos poemas. *
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