Otra vez preguntamos ¿para qué?

Del sublema técnico al megabloque

Escribe Jorge Croce

La inteligencia es un bien precioso. Pero peligroso. Porque no viene con signo. Y el dotado de ella, puede usarla como herramienta para el bien o para el mal.

La conducta del hombre si no está penada por el Derecho, no constituye delito, pero hay muchas conductas que sin ser delito, producen resquemores y repugnancias en el orden moral.

Una actitud que no es delictiva, en cambio puede merecer reparos desde el orden moral por agresiva y poco fraterna.

El «sublema técnico» es un invento electoral que permite, dentro de un lema o partido, agruparse a unos cuantos «chicos», para trampear a uno circunstancialmente más «grande».

De la misma manera que la nueva Constitución se hizo alrededor de la trampa del balotaje para que dos que se sabían chicos pudieran, sumados en una segunda instancia, desplazar a otro más grande.

Este mecanismo también se utiliza en el llamado «sublema técnico».

En materia de apetencias electorales, parece que no hay límites morales y «cualquier monedita sirve», aunque para ello se tenga que recurrir incluso a la apropiación moralmente indebida.

Ya se ha utilizado en las recientes elecciones nacionales. Incluso hubo algún grupo que estuvo intentando, sin demasiada preocupación porque se viera o supiera, ofrecer su participación en un sublema técnico, al mismo tiempo, con Dios y con el Diablo.

Por separado, se entiende.

Finalmente se decidió por uno de ellos dos (cualquiera le servía), y, por ello, aseguró la obtención del legislador que de otra manera no hubiera obtenido.

En su forma más exagerada y angurrienta, muchos grupos pueden intentar formar lo que se podría teóricamente denominar como un megabloque. O sea, grupos grandes y chicos, no importa, que sumados representan más del 90 % del caudal electoral de un partido, se unen, dejando de lado todo matiz, y todo principio, que los diferencia (?), para formar ese megabloque.

¿Para qué?

Es parte de una ingeniería matemática emparentada con la inteligencia y la moral de la que hablamos ut supra.

Pongamos, para que se entienda claro a qué apuntamos, un ejemplo hipotético (¿o no tanto?).

Algo así como 7 (siete) grupos cuyo resto electoral puede ser promedialmente de 3.000 votos por grupo, se unen en un «sublema técnico» constituyendo un megabloque. Frente a ellos un solo grupo que tiene un resto de 20.000 votos.

Como 7 x 3 siguen siendo 21, a la hora de adjudicar por resto ese cargo, el megabloque suma 21.000, contra 20.000 del monogrupo. Y se queda con el cargo. Que será adjudicado dentro del megabloque, al grupo de mayor resto, (3.001 votos, por ejemplo).

Está claro que cuantos más sean los que forman el megabloque, más acumulan en sus restos, y pueden acceder al cargo con menos votos. Si en lugar de 7 fueran 10, les alcanzaría con un resto promedio de 2.100 votos a cada grupo.

Así puede llegar a tener un edil (en este caso) un grupo con resto de 3.001 votos (o 2.100) o con votación total de esa cantidad), en desmedro del candidato del monogrupo, que tuvo 20.000 votos.

¿Se entiende para qué sirve esta inteligencia de la ingeniería matemática electorera?

Es para eso que se forman sublemas técnicos. Nada más que para eso.

Participan en ellos algunos megagrupos, cuya importante representación ya obtenida por su propio peso, no les alcanza, e imbuidos de la angurria del millonario, quieren siempre tener la posibilidad de uno más…

También aquellos que, con insignificantes aportes de votantes, no llegan por sí solos «a nada», electoralmente hablando, e intentan «subirse» a los hombros de los gigantes, para poder beber del «maná» del cargo.

Aquí no importa si están muy de acuerdo o poco de acuerdo en programas y principios. Eso no cuenta. Cualquier monedita sirve.

Inclusive se ofrecen acuerdos, simultáneamente, como hemos visto, a Dios y al Diablo. Porque el objetivo es sacar el edil. Lo demás es charamusca y puro chaucherío.

Ya se está exacerbando la inteligencia de la ingeniería numérica, para posibilitar, en próximos pasos, que se pueda hacer acuerdos por separado pero simultáneamente, con Dios y con el Diablo.

Y ganar siempre.

Aquí el Goliat del megabloque, es la sumatoria de apetencias electoreras. Cuyo objetivo final es sacarse de encima, definitivamente, la molesta figura testimonial prinicipista y ética de los Davides que todavía quedan.

Los electores, y por sobre todo los votantes, debieran reflexionar sobre estos temas a la hora de volcar su decisión electoral.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje