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El joven legislador, autodenominado «soldado» forista, cuyo celo partidista le hace perder el tino, cometió dos faltas graves en recientes declaraciones y apariciones públicas. En un caso tan delicado como lo es el de nuestros desaparecidos, «olvidó» que el doctor Sanguinetti, en México el 23 de marzo pasado, dijo que nada más se podía hacer en el asunto Gelman. Y, llevado por el mismo impulso de celo, vaticinó que toda ulterior pesquisa respecto de otras víctimas sería muy difícil.

Más le hubiera valido callarse. A lo primero, nadie puede atribuir a milagro que en poco más de una semana el presidente Batlle haya obtenido datos de tal relevancia como los que se han manifestado con los hechos. La tontaina es de muy pocos.

Y, en segundo lugar, algo más grave: desde su sitial puso en duda la posibilidad de un proceso purificador que, sin duda, requiere como punto esencial a su posibilidad, la esperanza activa de todas las fuerzas vivas del país. Y, con más razón, las de un conspicuo representante del partido de gobierno con atributos legislativos. Descartando que obvie sus directas responsabilidades con sus directos representados, y con el cuerpo que integra. El tacto que toda negociación requiere exige el silencio de los «soldados».

Sería un pequeño esfuerzo, ¿verdad? Pero también, en su particular situación política, está en cuestión el principio de la «obediencia debida».

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