Los valores anticristianos del modelo neoliberal
Cuando ha transcurrido un año desde que el doctor Jorge Batlle lanzara su sorprendente propuesta de incluir la enseñanza religiosa en las escuelas públicas como forma de inculcar valores a los educandos, el tema ha vuelto nuevamente al tapete.
La Iglesia Católica no desaprovechó la oportunidad brindada por el gobierno y retomó con renovados bríos su lucha en favor de que se impartan cursos de religión, pero, sobre todo, de que las instituciones educativas privadas reciban algún tipo de subvención del Estado.
Cuando se habla de la conveniencia de incorporar la enseñanza religiosa a las escuelas públicas con el objeto de transmitir valores, no se establece con claridad a cuáles religiones se hace referencia ni cuáles son los valores que éstas impartirían. No se sabe a ciencia cierta quién determinará si es mejor instruir a los niños uruguayos sobre el dogma católico que sobre el budista, o si debemos preferir el fundamentalismo islámico al protestantismo. Porque en definitiva, hay muchos valores comunes a todos los credos así como hay también innumerables aberraciones contenidas en todas las religiones.
Aparentemente, la idea de impartir educación religiosa ha sido desechada. La preocupación que persiste en los organismos de la educación pública es la de poner el acento en la transmisión de pautas morales, independientemente de su supuesto origen religioso.
Sin embargo, lo que debe resolverse antes que nada es la flagrante contradicción entre nuestro sistema de valores –heredado en su mayoría del judeocristianismo– y las metas que nos propone –y nos impulsa a lograr– la globalización capitalista.
En efecto, el capitalismo –y especialmente su versión posmoderna exacerbada– fomenta el individualismo a ultranza, la competitividad de los individuos entre sí, el afán de lucro como motor del crecimiento, la posesión de bienes materiales como fin supremo. Ya no importa lo que se es sino lo que se tiene: ha triunfado el «tanto tienes, tanto vales»; hemos pasado del ser al tener y al parecer. ¿Cómo se compadecen estas metas con las enseñanzas de Cristo? ¿Cómo se compaginan el amor al prójimo y el afán de lucro? ¿Cómo hacer que coexistan la competencia despiadada y la solidaridad?
En el mundo actual, los individuos están bombardeados, desde la cuna, por una permanente incitación al hiperconsumismo proveniente de los medios masivos, creadores de prototipos y de héroes –modelos a imitar– cuyo comportamiento es un paradigma de inmoralidad.
No se trata, pues, de que en la escuela pública se inculquen valores, sino de que los disvalores promovidos por el sistema se han impuesto sobre aquéllos.
Quienes verdaderamente transgreden los valores heredados del cristianismo son precisamente los defensores a ultranza del statu quo: las clases dominantes y beneficiarias de un modelo impío y las grandes transnacionales que dominan el mundo de hoy.
Son ellos quienes promueven la cultura del pensamiento único, del individualismo, del afán de lucro desmedido, de la competencia despiadada, del éxito empresarial aun a costa de los grandes postergados de siempre y de la exclusión de los más. Con el lema de «hacé la tuya» sin que importe la suerte del prójimo, se da luz verde a los instintos menos civilizados que arraigan en el alma humana y que el pacto social pretendía contrarrestar instaurando normas de convivencia.
Esta contradicción se puede salvar sólo cuando hayamos enterrado definitivamente este modelo económico injusto e inhumano. *
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