Primero la gente

WASHINGTON LAURIA

 

Desde hace tiempo está planteado un problema de prioridades entre la gente y la máquina. Algunos defienden la idea de que, para evitar consecuencias penosas, lo más prudente es dejar pasar primero a la máquina, y otras opiniones se inclinan por la primaria consideración de la persona sobre el móvil motorizado. Puede parecer rebuscado efectuar estas consideraciones para valorar si los puentes que acaban de construir, tanto la Intendencia de Montevideo sobre la Rambla, como la de Canelones en la Avenida Giannattasio, priorizan a la gente o a la máquina.

Se pretende evitar lastimosos accidentes y se decide desviar al más débil, para privilegiar a la otra parte, la vehicular, la que siempre ha demostrado un frontal rechazo a cualquier peatón.

Hombres y mujeres nacimos de a pie, después nos dan un volante y queremos volar por el mundo. Apurados por diferentes motivos, los conductores consideran que se les conceda esa preferencia, porque por algo pagan patentes, y hasta se someten a examen para guiar simples automóviles o camionetas o camiones de carga o hasta unidades de transporte colectivo.

Para planificar preferencias se debió crear todo un sistema de señales, tanto pintadas como eléctricas, que requieren un estudiado plan urbanístico de cartelería, y la correcta instalación de baterías de semáforos. Su desgaste es permanente y su mantenimiento lo financian todos los vecinos. Hay diferentes casos como solución según lo requiera la geografía ciudadana, desde los simples cruces de dos calles, hasta aquellos riesgosos que exigen equipos más complicados. No es lo mismo cruzar una calle de barrio que hacerlo en una avenida principal o frente a hospitales o centros de enseñanza. En este específico caso debemos pensar entre una visitada rambla montevideana y la permanente corriente humana que pretende acceder a las diferentes playas. Aquí es cuando hay que decidir que la preferencia la tiene la gente, ya que ellos van en busca del lugar de esparcimiento más atrayente que ofrece la ciudad.

Construir puentes significa establecer un criterio preferencial donde el motorizado se beneficia mientras los de a pie se encuentran con una dificultad colocada por quienes cumplen una función ordenadora. No sólo le complican la vida a los ancianos, sino que a los niños que integran familias también se les presenta esta valla que los obliga a subir o bajar con bultos, y eso no es lo más apropiado para la gente. Por eso, el natural privilegio lo debe tener quien transita las veredas y por lo tanto cruzar por las cebras, zonas que siempre lo protegerán, y que necesitan ser destacadas, con cartelería, bien pintadas permanentemente y resaltadas como «zona de riesgo», para que los conductores comprendan que allí hay peligro mortal humano y que cualquier distracción además será sancionada muy severamente. El riesgo siempre estará presente: hace pocos días en Buenos Aires en una cebra arrollaron a una madre y su hijo, y aquí en Montevideo, también perdió la vida una adolescente. Controlar el tránsito es labor muy ingrata ya que existe una gama muy heterogénea de conductores con errores, manías o vicios que hay que educar y eso requiere una constante y costosa campaña preventiva o, si no, llegar a las odiosas multas. En definitiva, tanto nuestra hermosa rambla montevideana, como una peligrosa avenida Giannattasio, son dos ejemplos que nos exigen la aplicación del ordenamiento ciudadano. No todas las personas tienen libre acceso a los escalones y no se les puede quitar su derecho. Y los automovilistas pueden detenerse o calcular sus tiempos, de lo contrario sería bueno que eligieran entre su coche o una vida humana.

No puede haber duda, primero la gente. *

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