Verdades que conmueven, interrogantes que se ahondan
l reencuentro de Juan Gelman con su nieta marca un antes y un después en la lucha por la verdad con relación al más de un centenar de detenidos desaparecidos durante la dictadura.
Más de un centenar, reiteramos, porque ahora, más que nunca, no se puede soslayar –como pretendía Sanguinetti– que también es un problema de este país el secuestro de ciudadanos uruguayos en la Argentina.
Las tantas veces denunciada colaboración entre los servicios de seguridad de las dictaduras del Cono Sur, el Plan Cóndor, es lo que explica que una presa política desaparecida en Argentina dé a luz en Montevideo y su hija permanezca entre nosotros.
Esa internacionalización represiva, ese arrogante avasallar de las fronteras que caracterizó al terrorismo de Estado, está ahora completamente confirmado.
No son sólo los documentos encontrados en los archivos del terror de la policía paraguaya, ni los que, más recientemente pero en el mismo sentido, están «desclasificando» en los Estados Unidos las agencias de seguridad.
La saga de la familia Gelman, el traslado de la joven madre, María Claudia, secuestrada en Argentina y hasta hoy desaparecida, cuya hija es reencontrada en Montevideo es la dolorosa confirmación, a través de una peripecia humana, de la estrategia de represión aplicada durante años en estos países del sur de América.
La nueva actitud del titular del Poder Ejecutivo, doctor Jorge Batlle, ha permitido la sustanciación de un paso sumamente positivo cuyas consecuencias son difíciles de aquilatar totalmente. Al menos por ahora.
El reconocimiento de esta «supranacionalidad» con que se actuó durante la dictadura implica buscar en Argentina y en Uruguay todos los hilos que permitan seguir los pasos de los detenidos desaparecidos, especialmente de los niños.
A la vez, cuando, en la tarde del viernes 31 de marzo, Batlle confirma que es verdad lo que dice Gelman, está diciendo al mismo tiempo que eran una montaña de mentiras las que por vía del anterior titular del Poder Ejecutivo, doctor Sanguinetti, se le venía diciendo a la población sobre los desaparecidos.
Que el impacto fue fuerte lo evidenció la actitud pusilánime y vacilante de los canales del oligopolio: hasta último momento, y cuando ya tanto Gelman como Batlle habían hablado en directo para las radioemisoras, los espacios informativos seguían dudando acerca de si, sobre esto, se podía o no hablar.
¿Pero cómo, parecían preguntarse, no era que el «caso Gelman» no existía?
El levantamiento (¿provisorio?) de la veda informativa sobre las desapariciones forzadas, ¿será el principio de un abordaje limpio y transparente de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura y todo lo que sobre eso el Estado no ha querido investigar?
¿Habrá llegado la hora en que el miedo deje de actuar sobre muchos que tienen cosas que decir o simplemente que informar?
El «vagón» de «basura informativa» proporcionada oficialmente por el Estado, las afirmaciones y los desmentidos de Sanguinetti han dejado lugar a algunas tensas y duras verdades que no hacen sino alimentar nuevas investigaciones.
¿Qué ocurrió con la madre de la niña, María Claudia García?
¿Qué ocurrió con el otro niño secuestrado, hijo de Sara Méndez, también vinculado al establecimiento de detención Automotores Orletti?
Los hechos referidos a la hija de María Claudia y nieta de Juan Gelman, al confirmar una de las afirmaciones de los sobrevivientes de Orletti, publicadas en LA REPUBLICA, ¿no confieren otra fuerza testimonial al resto de sus declaraciones, referidas a otras situaciones de ciudadanos desaparecidos?
Se ha abierto para el país una etapa de sinceramiento con muy buenos puntos de partida. Sería altamente deseable que todos los que pueden contribuir a que avance la luz frente a la oscuridad, el valor frente al miedo, la verdad frente a la mentira, lo hagan. Como con la hija de María Claudia y Marcelo. Como con la nieta de Juan Gelman.
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