El descreimiento político sólo sirve a las derechas
En estremecimiento recorre las espaldas de las democracias. De un extremo al otro del «occidente democrático» crece el escepticismo de los ciudadanos en los partidos, en la política, en los políticos.
En estos días un texto de Nanni Moretti, el celebrado cineasta italiano, ha recorrido el mundo. El lanzamiento de Moretti a las turbias aguas de la política italiana ocurre cuando los niveles de pasividad política, sobre todo en la izquierda, son los más altos de la historia italiana de posguerra. El pasado 2 de febrero el artista trepó inesperadamente a una tribuna de la coalición de izquierda El Olivo, para sentenciar, «con estos líderes no ganaremos ni esta ni la siguiente generación».
En Argentina, donde el curso de los hechos políticos asume casi siempre una sociología más descarnada y violenta, es cada vez más frecuente que los dirigentes políticos conocidos sean abucheados en las calles o en los aviones, como acaba de ocurrirle al canciller Ruckauf cuando volvía de su vergonzosa peregrinación a los Estados Unidos, o a Eduardo Menem, en un vuelo que lo trasladaba de La Rioja a Buenos Aires. Coros, insultos, caceroleos, el miedo se extiende en el personal dirigente de la nación, como les gusta decir.
Hace unos días, en el merecido homenaje que el Congreso argentino rindió a un político decente y progresista, el ex diputado radical César Jaroslavsky, los organizadores decidieron expresamente reunir al pleno después que se había dispersado una manifestación popular en la plaza: «Si nos ven nos van a arrancar la cabeza», dijo un dirigente peronista.
Dieciséis años después de la recuperación de la democracia, en nuestro país, la fatiga de las instituciones se hace presente y va inundando, lenta e ininterrumpidamente, los espacios públicos.
Hay una parte de los factores de desprestigio que tienen que ver con la existencia y el conocimiento público de gigantescos casos de corrupción, como acaba de ocurrir con el despojo al Banco Comercial.
Otras raíces poderosas del escepticismo ciudadano provienen de la constatación de las dificultades para que en los ámbitos de decisión política resuene la voz de la población.
En muchos sectores existe la creciente sensación de que las elites de gobierno actúan con absoluta prescindencia de la opinión de la gente.
El elenco gobernante tiene como única y obsesiva preocupación las sentencias de las empresas calificadoras de riesgo y el «grado inversor» y sus fluctuaciones como el exclusivo y excluyente parámetro con el que medir su actuación.
Justamente esa sensación de ajenidad y sordera es a la que alude el escrito de Nanni Moretti al que hacíamos referencia más arriba.
La falta de sensibilidad ante las preocupaciones cotidianas de la gente, la emisión no de información clara y rotunda sino de una papilla indigerible de medias verdades y promesas del tipo «está todo bajo control», «lo estamos analizando», vuelve la actividad política una esfera de poco interés y donde se extiende la opinión que lo que verdaderamente importa no se sabe, queda en las tinieblas de las internas partidarias y de las cimas del poder.
En ese contexto, y tratándose como es obvio de algo muy distinto a los episodios de corrupción mencionados, no resulta para nada edificante la actitud asumida por el gobierno y las mayorías parlamentarias que lo respaldan de dar un curso rápido a la discusión del nuevo paquete de ajuste fiscal.
Va a resultar difícil que una parte considerable de la ciudadanía no se considere marginada y subestimada en su dignidad ciudadana.
Muchos sectores sociales, y no solamente aquellos que representan a los asalariados, vienen haciendo oír sus voces críticas sobre una orientación económica que está dejando postrado al esencial sector productivo del país.
Si el resultado de este debate sobre impuestos tiene, como patológico agregado, un incremento del desprestigio del sistema político, eso también es un factor que lastima a las fuerzas progresistas, democráticas y de izquierda. *
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