Desaparecidos
Escribe Milton Romani Gerner
La magia de la televisión
Miraba la TV y no lo podía creer. Era acá en Uruguay. A pocas semanas de que Sanguinetti se negó ostensible y ofensivamente a aceptar que el tema estaba aún abierto; que tenía el tupé de ignorar si no hasta acusar y ofender a Juan Gelman, recordando su pasado político (aceptando de paso que sus fuentes de información son los mismos servicios de aquella época…)
¡Bravo, bravo por su tozudez y su ceguera, Julio María! Ahora su ahijado tiene que andar haciendo filigranas para explicar cómo en tan pocos días «han madurado los tiempos y el alma para encontrar una solución» como escuchamos a Hierro. También por TV. Los noticieros (no puedo hablar sobre el que conduce Néber Araújo porque continúo el boicot) parecían de otro país. Modernos. A tono con el aire de justicia que recorre a Europa y a otros países de Latinoamérica, sin ir mas lejos Argentina: hablan de los desaparecidos. Sin censuras ni límites. Acompañan, ahora, el nuevo discurso oficial. Se puede, no hay problema. ¿Ya no reciben llamadas? ¿Ni de Mario Zannocchi ni de Walter Nessi para hacer los titulares? En cualquier momento veremos a Jorge Gestoso reporteado por nuestros canales. Sin cortes.
Todo gracias a la magia de la televisión.
No es un acto. Sólo se abre un proceso
El presidente Jorge Batlle ha reconocido que el tema es un problema nacional. Que no está resuelto. Para resolverlo habrá que conversar mucho, tener en cuenta no sólo a los familiares, sino a sus razones y sentimientos. A la sabiduría que han acumulado esas señoras que en 23 años aprendieron de la ley, la justicia, la jurisprudencia, los hábeas corpus, de amparo, los pactos internacionales, las discusiones parlamentarias, las entrevistas con los jueces, y los estados mayores… y no sigo porque es interminable. Si hay alguien que sabe de derecho en este país son esas mujeres que tanto han recorrido. Además de sufrir tienen opinión y saben. Hay que escuchar. Porque saben de su dolor pero saben mucho más de las razones de Estado y de injusticias. Representan el aspecto más sufrido de nuestra sociedad. Pero ellas mismas saben que su dolor es sólo la emergencia de una verdad escondida más cruel y más terrible que hace sombra en toda la ciudadanía. También interpela, y debemos respuesta, a las fuerzas sociales y políticas que hemos adoptado compromisos y que tenemos responsabilidades. Que emanan, entre otras cosas, porque son nuestros compañeros. Nada menos.
El perdón
No basta con pedir perdón y arreglar algunos asuntos legales. Es obvio que esto es un avance y marca una intención. Pero nadie piense que esto se arregla en un acto. Rapidito y a otra cosa. Mucho menos si es un perdón en nombre de los que no se animan a dar la cara para darlo de motu proprio. ¡Sería un acto de impostura! En Argentina algo parecido lo realizó un señor con uniforme que era el comandante en jefe del Ejército. El mismo general Balza que hoy admite los campos de concentración y el robo planificado de bebés. También dice –cuidado– que las pruebas de la infamia pueden estar en el exterior. Y sabemos que el Cóndor sigue planeando por las costas uruguayas: dejó un muerto en plena democracia: Berríos.
Hace dos años criticamos una iniciativa del doctor Jorge Batlle que en un giro un poco frívolo había propuesto un Memorial con los nombres de «ambos bandos». Los desaparecidos y los militares fallecidos. Un despropósito. Esperamos sensibilidad y sensatez en un tema tan delicado.
El pedido de perdón es una actitud íntima, espiritual, que sale de adentro y reconoce al otro como un ser humano, un igual. Alguien que en acto de humildad y en términos piadosos reconoce la humanidad del otro. El opuesto total de la figura del desaparecido al que ni siquiera le es reconocido el derecho a morir. Perdón que otorga o no aquel que fue ofendido y mancillado. Perdonarán o no los familiares, los que sufren aún hoy esta pesadilla y a los que les fue secuestrado el derecho al duelo y a la información. No se puede obligara a nadie a darlo. Mucho menos si no sabemos qué pasó.
El perdón no es materia estatal. El Estado sólo tiene responsabilidades. Que se perpetúan por el carácter continuado del delito y de los compromisos que asumieron ciertos dirigentes políticos con el marco de continuidad legal de la dictadura y el marco de impunidad. Nos compromete la Convención contra la Desaparición Forzada que el Estado uruguayo firmó y ratificó. Un jefe de gobierno podrá pedir perdón en nombre de los torturadores y asesinos. Pero el Estado seguirá con las responsabilidades ante la sociedad y la comunidad internacional.
Platón y la justicia
No se puede afirmar «que la vía jurisdiccional está agotada» en nombre de un acuerdo político y una salida al tema. No se puede comprometer a la sociedad y a los individuos a renunciar al derecho inalienable de la justicia. Acuerdos políticos y diálogo siempre son oportunos y necesarios sobre la nueva base de que hay un problema que no está laudado. Pero ello incluye la complejidad del tema. No pueden hacerse «en nombre de» por cuanto tengo derecho a sentirme reparado o no. Tengo derecho a saber los secretos que el Estado nos niega. Es la base del estado de derecho. Por sobre todas las cosas la sociedad tiene un reclamo frente al Estado. Y los administradores no pueden elegir el camino de negar la información so pena de vulnerar mis derechos y la de todos a conocer lo que realmente pasó. El argumento de la violencia de «ambos bandos» no es de recibo. Lo hemos dicho y repetido. Cuando el Estado actuó como «un bando» o una banda de forajidos, es el propio Estado que debe reconocerse y responsabilizarse de ese acto infame que terminó agrediendo a toda la sociedad. Ya debería haber purgado los funcionarios que lo envilecieron, al menos, cortarles la carrera. Alguna sanción moral. Algo que al menos en el orden de lo simbólico actúe como una reparación.
El perdón –repetimos– es un acto moral que pertenece a la esfera íntima de las personas. La justicia sigue siendo, en nuestra tradición greco latina, una virtud en la esfera de lo público, precisamente de la política. Con mayúsculas.
En «La República» de Platón, el argumento irónico y situacionista de Trasímaco (uno de los sofistas más cotizados de aquel siglo) fue que «(…) la justicia es lo que conviene al más fuerte». La respuesta es uno de los pilares desde donde se construyó nuestra cultura. Sócrates entre muchas cosas afirma: «Se ha dicho que la injusticia es más poderosa y fuerte que la justicia; pero si la justicia es sabiduría y virtud, fácil será demostrar que es más fuerte que la injusticia, pues esta última implica ignorancia».
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