Una lección de coraje y un premio a la esperanza
partir del viernes pasado, el 31 de marzo se recordará en las efemérides no solamente como un aniversario del golpe de estado del 33 y del suicidio de Brum, sino además como el día en que se cerró una dura y triste etapa de miedo, de ocultamiento, de iniquidad y de indignidad.
Por primera vez el Poder Ejecutivo uruguayo cumple con un mandato legal y aplica honestamente como corresponde y sin embargo no lo había hecho hasta ahora el ya célebre artículo cuarto de la Ley de Impunidad. Disposición que como bien lo recordaba Rubén Martínez Huelmo en su última columna pretendía abrir la posibilidad de conocer la verdad acerca de las desapariciones forzadas, y que había sido incluida como manera de mitigar en parte la frustración de renunciar a la consigna de juicio y castigo.
Dentro de la terrible tragedia vivida por las víctimas de las dictaduras y sus familiares, el acontecimiento del viernes se convierte en una luz al final del doloroso túnel recorrido por quienes no cejaron ni jamás bajaron los brazos en su empecinada búsqueda de la verdad. Una lección de coraje y un premio a la tenacidad y a la esperanza: «siempre el coraje es mejor, la esperanza nunca es vana», enseñaba Borges, otro gran poeta argentino.
Pasadas la emoción y la alegría que la noticia oficial de la aparición de la nieta de Gelman provocaron, algunas reflexiones se imponen.
En primer lugar, la confirmación de que el actual presidente se diferencia notoriamente de sus predecesores. Ni Sanguinetti en sus dos presidencias, ni Lacalle durante la suya, demostraron sensibilidad ni voluntad política para encarar con responsabilidad un problema que se volvió una asignatura pendiente. La injustificable omisión los responsabiliza a ambos por igual.
Luego, cabe resaltar la más que incómoda posición en que la decisión del doctor Batlle ha dejado al ex presidente Sanguinetti. La soberbia, el desprecio y la insensibilidad con que respondió al pedido del poeta argentino adquieren ahora una significación mucho mayor y se vuelven, como un bumerán, en su contra.
Asimismo, es lícito hacerse ciertas preguntas. ¿Es posible que el actual presidente haya logrado exactamente en un mes lo que su antecesor fue incapaz de obtener en diez? Por más que nadie duda de la inteligencia de Jorge Batlle, es una hipótesis poco creíble. ¿El doctor Sanguinetti no fue capaz de disponer una investigación seria que condujera a satisfacer el reclamo de Gelman? Si así fue, se trata de una omisión injustificable. ¿Dispuso una investigación que no arrojó resultados? En ese caso demostraría una alarmante ineficiencia y falta de autoridad.
Pero la peor conjetura sería que hubiese investigado y hubiera ocultado los resultados de la pesquisa.
En cualquiera de las hipótesis, la imagen, la credibilidad y el prestigio del ex presidente se ven brutalmente deteriorados.
Sorprende asimismo la torpeza o la imprevisión del doctor Sanguinetti que le impidieron advertir que el gobierno que elegiría el pueblo en noviembre, y que asumiría en marzo, inevitablemente debería dar una respuesta convincente al tema. Dispuso aun de tres meses para intentar una salida decorosa luego del claro mensaje del presidente electo cuando expresó su intención de rever la política oficial respecto del problema, pero optó por una salida mezquina.
Creyó inexplicable error de cálculo que su prédica machacona sobre la imposibilidad material de investigar las desapariciones forzadas se había internalizado finalmente en la conciencia colectiva.
Evidentemente, fueron más fuertes los compromisos asumidos desde 1984 con un sector minoritario de la sociedad que la voluntad política de hacer cumplir las leyes. Le faltó la grandeza de los verdaderos estadistas.
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