La vida según Bush

ISABEL VILLAR*

 

Contradiciendo la decisión del Congreso de Estados Unidos, el presidente George W. Bush privó al Fondo de Población de Naciones Unidas (Fnuap) de los recursos para financiar sus programas de planificación familiar y salud reproductiva. Teme que entre la prevención de embarazos no deseados y de muertes maternas e infantiles, se cuele el aborto. Y él se autoproclama defensor de la «santidad de la vida», aunque parece que sólo le preocupa la «no nacida».

Que en nombre de la vida se propicie la muerte, no es novedad, pero el imperativo ético marca desnudar la hipocresía en todas las oportunidades. Y el presidente George W. Bush las brinda generosamente.

Cuando defensores y opositores del derecho al aborto estaban arribando a Washington para conmemorar el 29 aniversario de «Roe vs Wade» –el dictamen mediante el cual la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos legalizó el aborto en ese país en l973–, Bush instituyó el 20 de enero como «Día nacional por la santidad de la vida», alegando que «los niños no nacidos deben ser bienvenidos a la vida y protegidos por la ley».

Según el presidente, «el derecho a la vida es primordial entre los derechos inalienables» proclamados en la Declaración de la Independencia de su país. A su juicio, quienes suscribieron ese documento «reconocieron que una dignidad humana esencial es inherente a todas las personas por virtud de su existencia misma», y dice coincidir con Thomas Jefferson en que «el cuidado de la vida humana y la felicidad son los primeros objetos de un buen gobierno».

Convencido de que los ataques del ll de setiembre de 2001 contra el World Trade Center y el Pentágono han permitido «un mayor entendimiento sobre el valor y la maravilla de la vida», también convoca a reflexionar sobre «la noción de que unas vidas son menos merecedoras de protección que otras».

¿Qué le hará pensar a Bush que él es el único que puede violar con impunidad sus propias normas? Porque si el cuidado de la vida humana es prioridad de un buen gobierno y todas las vidas valen lo mismo, ¿cómo justifica mandar a matar a una población que no tiene otra cosa que la vida para perder, como es la afgana? Entre la víctimas había muchos «niños no nacidos» seguramente, y nacidos más aún. Pero claro, ésos no son asesinatos sino «daños colaterales»… y los que crean que su gobierno es «bueno» que banquen sin chistar.

Y sin ir tan lejos, ¿cuánto valen las vidas de las niñas y niños que a poco de nacer mueren diariamente a lo largo y a lo ancho de Latinoamérica la pobre, o mejor dicho la empobrecida y desangrada por las políticas económicas que dicta el Fondo Monetario Internacional? Aunque, claro, la culpa siempre es de los gobiernos que le hacen caso, aunque sea forzados… Gobiernos ineficaces y corruptos en muchos casos, sin duda, pero que son bienvenidos –esos sí– por Bush y protegidos por su ley.

¿Estaría bromeando cuando le atribuyó a los hechos del ll de setiembre una influencia tan benéfica? ¿Será Afganistán arrasado –y los países que amenaza «limpiar» a continuación– un ejemplo de cómo concibe el jerarca estadounidense la «maravilla» de la vida?

Pero la cruzada «ética» de Bush el primogénito no acaba allí. De tan preocupado que está por la vida, redujo en un once por ciento los recursos destinados a los programas internacionales de planificación familiar y retiró los fondos que cada año destinaba el gobierno de Estados Unidos al Fnuap, cuyo trabajo se centra en salud reproductiva, mortalidad infantil y materna. Aunque habían sido aprobados por el Congreso, el presidente decidió bloquearlos utilizando la enmienda Kemp-Kasten. Esta misma estrategia fue utilizada antes por Ronald Reagan y papá Bush.

Se trata de 34 millones de dólares, que según el Fnuap son necesarios para prevenir dos millones de embarazos no deseados, más de 800 mil abortos, 4.700 muertes maternas, más de 60 mil enfermedades relacionadas con la maternidad y más de 77 mil muertes de niños y niñas menores de cinco años. Pero a Bush le preocupan los «niños no nacidos»; la muerte de los otros, de los que ya son personas que sufren las consecuencias de sus decisiones, no le trae cargo de conciencia.

«Dejad que los niños vengan a la mesa del Señor», predica el Papa de Roma, y Bush le hace coro reclamando que sean bienvenidos a la vida. De matarlos de hambre o con bombas después habrá quien se ocupe…

Para que nadie sospeche, vale aclarar que el dinero que el singular presidente decidió restar a la salvación de vidas femeninas e infantiles nacidas no lo destinará a ninguna de las guerras que ocupan su atención hoy día. Al menos 33 de los 34 millones de dólares en cuestión irán a engrosar las arcas de programas de educación en abstinencia sexual destinados a adolescentes. En el año 2003 habría un total de 135 millones de dólares para esta tarea, que algunos asimilan a sembrar trigo en el mar y sobre cuya efectividad como única forma de prevenir embarazos y enfermedades de transmisión sexual se carece de evidencia científica.

En un arranque de sinceridad, Tommy Thompson, el conservador secretario de Salud estadounidense, reconoció esto último, pero como gozan de popularidad entre el presidente y su gabinete se seguirá adelante con los programas de abstinencia total que hasta prohíben la discusión sobre los métodos de planificación familiar, condones y otras alternativas cuya eficacia está más que probada.

Así es la vida, según Bush. *

* Periodista, editora de La República de las Mujeres

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