SOBRE LA DESTRUCCION DE RIQUEZA

Esperando explicaciones del gobierno

El cierre de la fábrica de calzados Bagnulo, una tradicional empresa que surtía el mercado interno y exportaba sus productos que perfectamente competían en calidad con los mejores del mundo, es un ejemplo más de destrucción de riqueza. De cómo en Uruguay se abandona a los inversores que en el país fueron acumulando riqueza e hicieron funcionar a nuestra sociedad por décadas.

El caso de la empresa Bagnulo es, quizás, uno de los más paradigmáticos. Pero también podemos referirnos al descalabro de la industria textil, de las empresas agroindustriales con vinculación vertical con la producción agropecuaria, que también fueron dejadas en la mayor orfandad, en razón de la apertura del país a las importaciones a precios ruinosos para la industria nacional. Cerraron empresas elaboradoras de galletas, de dulces, etc., etc. No hace muchos años la producción de duraznos era envasada en Uruguay, hoy sólo se encuentran esos frutos siempre importados de Grecia, las empresas de industria liviana, elaboradoras de líneas blancas de electrodomésticos, las que han ido cerrando sus puertas, impedidas de poder competir contra el alud de lo importado.

Los argumentos que dio el gobierno son los mismos que a nivel global manejan los teóricos del neoliberalismo, que con la apertura de las importaciones, en el marco del llamado «libre comercio», el consumidor podía lograr productos más baratos y de mejor calidad.

Todo un camino dogmático, que mostró no sólo falencias políticas y que hoy, ante la destrucción de riqueza que sigue sufriendo el país, debería ser analizado a fondo para determinar las responsabilidades políticas que existieron en los sucesivos gobiernos que lograron que el país desembocara en una de las crisis más hondas de su historia.

El presidente de la República, doctor Jorge Batlle, reclama a todos reducir el costo país para posibilitar inversiones. ¿Inversiones? Realmente una flagrante contradicción para un país que está continuamente destruyendo riqueza. Un presidente que se ufana de logros de su gobierno cuando corta alguna cinta, abriendo la planta de alguna pequeña empresa –que las hay– que se instala en nuestro territorio para usufructuar, casi en todos los casos, de las ventajas impositivas que se le otorgan.

Sin embargo al capital que ya está instalado, a los empresarios nacionales que trataron (todavía podemos en algunos casos utilizar ese verbo en presente), sólo reciben los coletazos de una política recesiva y liquidadora. Son castigados al tratar de salir adelante en un país en que el crédito, en los hechos, ha dejado de existir por la voracidad sin límites de un sistema financiero que cobra tasas de interés que son récord en el mundo, imposibles de pagar pues no existe ninguna actividad –excepto la financiera misma– que pueda tener utilidades entre el 70 o 100 por ciento anual.

Industria nacional que, además de tener que sortear un pesado atraso cambiario, paga por los combustibles, energía y comunicaciones, las tarifas más altas de la región.

Este panorama muestra que las ilusiones de Batlle, de recibir inversión extranjera privada, es nada más que un espejismo producto de los cantos de sirena que continuamente cantan algunos de sus allegados, pues la realidad — que muchas veces es brutal– muestra que la tendencia es inversamente proporcional a esas afirmaciones.

¿Quién va a invertir en un país que hace años destruye riqueza, que castiga al mercado interno, para achicarlo a niveles de latencia?

Veremos lo que ocurre ahora si se aplican todos los extremos del nuevo ajuste recesivo que está diseñando el gobierno. Y debemos preguntarnos además: ¿Cómo harán Batlle y Bensión para explicar, luego del nuevo sacrificio que se está imponiendo al pueblo, que el único objetivo a alcanzar con esta política –el achicamiento del déficit fiscal– volvió a fracasar?

Mientras tanto la gente seguirá sufriendo. *

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