Argentina: una crisis política tan grave como la económica

La conmemoración de los treinta y un años de creación del Frente Amplio, en una coyuntura especial de crisis regional sin precedentes como la que hoy vivimos, es oportuna para esbozar alguna reflexión.

El Frente Amplio surgió como respuesta al autoritarismo inaugurado por el pachequismo, cuya escalada de violencia operó el milagro de la unidad de un importante número de partidos, grupos, sectores, nucleamientos y figuras relevantes opuestos a la soberbia gubernamental y dispuestos a defender el ordenamiento institucional. Fue así que junto a la izquierda tradicional encarnada en los Partidos Comunista y Socialista –y los grupos que desde 1962 fueron sus aliados– se nuclearon el Partido Demócrata Cristiano e importantes desprendimientos de los partidos tradicionales. El Frente Amplio fue, pues, la cristalización política de una coincidencia de puntos de vista verificable en las batallas parlamentarias de enfrentamiento con los desbordes del Ejecutivo. Bueno es recordar que en la misma trinchera opositora descollaba el futuro líder del Partido Nacional, Wilson Ferreira Aldunate, cuyas demoledoras intervenciones en Cámara lo convirtieron en conductor del Nacionalismo y en una opción alternativa al conservadurismo colorado más tolerable para el establishment.

Pero si bien el apartamiento de la Constitución que Pacheco llevó a cabo fue el catalizador para que se concretara la conformación de la coalición de izquierda, ya desde su creación pudo advertirse que esa nueva fuerza impulsaba un programa progresista también en el ámbito económico y social. Un programa que apuntaba a otro modelo de país y que ponía el acento en la ruptura de la dependencia de los grandes centros de poder económico.

El magro resultado electoral obtenido en su primera comparecencia ante la ciudadanía no fue óbice para que esa fuerza política siguiera creciendo –aun bajo el terrorismo de Estado– hasta convertirse en la opción que recogió más voluntades en la última elección y que no accedió al gobierno merced a una reforma electoral especialmente creada para evitarlo.

A pesar de las múltiples semejanzas, el proceso político seguido por las fuerzas progresistas argentinas es muy diferente del nuestro.

En momentos en que Argentina se debate en medio de una brutal crisis que abarca todos los aspectos de la vida de la nación; cuando el crac económico desencadenó la conmoción social y la crisis política, llama la atención que en ese gran país las fuerzas progresistas no hayan encontrado una formulación política capaz de aglutinar a las grandes masas perjudicadas por el mismo modelo cuyos estragos padecemos por aquí.

Aquel formidable movimiento que fue el peronismo no supo –una vez desaparecido su líder– rescatar el contenido popular y nacionalista para ofrecer a la ciudadanía una alternativa creíble y válida al capitalismo salvaje. Sumido en la inconsistencia política, en las rencillas personales y en los escándalos de corrupción, el partido que encarnaba la esperanza de los descamisados permitió que ésta se diluyera. Mientras tanto, vanos han sido los esfuerzos por canalizar de una manera políticamente adecuada el descontento popular: los intentos por conformar frentes que expresaran el sentir de los postergados y de las capas medias empobrecidas fracasaron uno tras otro. Y el último, la alianza entre el Frepaso y la UCR, se desvaneció como por arte de magia no bien comenzaron las dificultades surgidas por el no cumplimiento de las promesas electorales.

Lo dramático es que esta crisis ha deteriorado de tal manera la imagen del sistema y de los dirigentes políticos que será preciso una gran dosis de imaginación y de trabajo para derrotar el descreimiento de la población. Y aunque no hay ruido de sables, la coyuntura es propicia para las soluciones golpistas. *

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