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ntre muchos, elijo tres recuerdos sobre Juan Gelman. Empiezan por los más próximos, sigo con los más añejos.
El 18 de junio de 1997 Gelman fue galardonado en su patria, la Argentina, con el Premio Nacional de PoesÃa correspondiente al perÃodo 1992-95. Los dos volúmenes de poesÃa premiados fueron Salario del impÃo y De palabra. En el entorno de la fecha del premio publicó Ni el flaco perdón de Dios, en el cual junto a su compañera, Mara La Madrid, recopilaron más de 50 testimonios de hijos de desaparecidos, y cuya aparición fue simultánea con la de otro volumen de poemas titulado Incompletamente. Estos libros se agregaron a una intensa producción iniciada en 1956 con ViolÃn y otras cuestiones, a los que seguirÃan, entre otros, Los poemas de Sidney West, Fábulas y Cólera Buey. Todo ello corre paralelo con una sistemática producción periodÃstica.
Gelman sorpendió a los funcionarios de la SecretarÃa de Cultura (no a quienes lo conocÃan) al dedicar su premio “a los que luchan en los caminos de Jujuy y en la carpa docente, a las vÃctimas con vida de la última dictadura, a las vÃctimas desaparecidas, a Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Harlodo Conti y Miguel Angel Bustos –caÃdos en combate o torturados en los campos de concentración– a mi hijo, a mi nuera y a mi nieto o nieta que no están”. El libro significó para él algo asà como arrojar una botella al mar. Antes se habÃa confundido en un abrazo con madres y abuelas de Plaza de Mayo, con representantes de HIJOS, con otros luchadores por los derechos humanos presentes esa noche junto a escritores y periodistas en el palacete de la avenida Alvear.
Pero la agitación subió de punto cuando el poeta mencionó “el proyecto económico genocida puesto en funcionamiento por este gobierno”. La secretaria de Cultura, Beatriz Gutiérrez Walker, presente en el estrado junto al ex titular Mario O’Donnell, se sintió obligada a responder. “Este gobierno lleva adelante el plan económico con gran dedicación y cuidado; y es este gobierno el que te permite, Juan, decir lo que sentÃs en cada momento en que querés hacerlo”. Era demasiado poco frente a las andanadas descargadas por Gelman contra los violadores de los derechos humanos: “Hoy, cuando los genocidas se pasean sin problemas por las calles, y cuando algunos de ellos, gracias al indulto y a las leyes de obediencia debida y de punto final, ocupan cargos públicos, el mandato es la memoria. Es la poesÃa la encargada de mostrar que verdad y memoria son una misma cosa… Para los antiguos griegos, la palabra que se oponÃa al ‘olvido’ no era ‘memoria’, era ‘verdad’… La poesÃa es memoria de la sombra de la memoria. Que en este paÃs hoy aún estemos hablando de poesÃa muestra que nada puede cortar el hilo humano de la poesÃa, encargada de mostrarnos que la belleza es posible”.
A comienzos de la década de los 50 conocà a Gelman en Buenos Aires junto a una pléyade de jóvenes comunistas brillantes, de la cual salieron un decano de la Facultad de Ciencias Sociales, un notable periodista participante en la guerrilla del Chaco, publicistas de renombre. Años después él habrÃa de derivar hacia una militancia en filas del peronismo montonero, que abandonó posteriormente. Al mismo tiempo, me parece que su trayectoria poética –que yo seguÃa con apasionado interés– marcó una rápida variación desde la impronta (cuasi inevitable) de Raúl González Tuñón hacia la búsqueda de un acento personal de tinte vallejiano. Cuando venÃa a Montevideo, por esos años, a veces se quedaba en el pequeño apartamento en que yo vivÃa con mi madre en la calle JoaquÃn Requena. Mi madre habá colocado en el patio una pequeña reproducción de un campo de trigo de Van Gogh, uno de los últimos cuadros atormentados que pintó. A Gelman le encantaba, se pasaba mirándolo, y cada vez que nos veÃamos me preguntaba si los trigos de Van Gogh seguÃan en su lugar.
Alguna vez yo también fui a su casa en Buenos Aires, pero pronto empezó a ponerse peligroso y acordamos vernos en otra parte.
Después de muchos años, pasada la dictadura, tuve con él un reencuentro que me conmovió. El 17 de setiembre de 1988 el PCU organizó las jornadas “Qué hacer por amor al arte”, con intensa repercursión en el mundo cultural. Fue un evento atÃpico, sin informes previos ni tesis oficiales, abierto de par en par al diálogo y a la reflexión colectiva. En la mesa del encuentro, celebrado en el Parque Hotel, junto a Rodney Arismendi estaban el maestro Atahualpa del Cioppo y un grupo de intelectuales uruguayos, entre ellos Ruben Yáñez, Mario Delgado Aparain, Washington Benavides. Y estaba también Juan Gelman, que se sentÃa como pez en el agua en esas jornadas signadas por un espÃritu de apertura, de respeto a todas las tendencias, de auténtico pluralismo, sin dogmas de ningún tipo en cuanto a la creación literaria y artÃstica. Y asà lo hizo constar expresamente.
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