Tres recuerdos de Juan Gelman

Sábado 01 de abril de 2000 | 12:00
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ntre muchos, elijo tres recuerdos sobre Juan Gelman. Empiezan por los más próximos, sigo con los más añejos.

Premio Nacional de Poesía

El 18 de junio de 1997 Gelman fue galardonado en su patria, la Argentina, con el Premio Nacional de Poesía correspondiente al período 1992-95. Los dos volúmenes de poesía premiados fueron Salario del impío y De palabra. En el entorno de la fecha del premio publicó Ni el flaco perdón de Dios, en el cual junto a su compañera, Mara La Madrid, recopilaron más de 50 testimonios de hijos de desaparecidos, y cuya aparición fue simultánea con la de otro volumen de poemas titulado Incompletamente. Estos libros se agregaron a una intensa producción iniciada en 1956 con Violín y otras cuestiones, a los que seguirían, entre otros, Los poemas de Sidney West, Fábulas y Cólera Buey. Todo ello corre paralelo con una sistemática producción periodística.

Gelman sorpendió a los funcionarios de la Secretaría de Cultura (no a quienes lo conocían) al dedicar su premio “a los que luchan en los caminos de Jujuy y en la carpa docente, a las víctimas con vida de la última dictadura, a las víctimas desaparecidas, a Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Harlodo Conti y Miguel Angel Bustos –caídos en combate o torturados en los campos de concentración– a mi hijo, a mi nuera y a mi nieto o nieta que no están”. El libro significó para él algo así como arrojar una botella al mar. Antes se había confundido en un abrazo con madres y abuelas de Plaza de Mayo, con representantes de HIJOS, con otros luchadores por los derechos humanos presentes esa noche junto a escritores y periodistas en el palacete de la avenida Alvear.

Pero la agitación subió de punto cuando el poeta mencionó “el proyecto económico genocida puesto en funcionamiento por este gobierno”. La secretaria de Cultura, Beatriz Gutiérrez Walker, presente en el estrado junto al ex titular Mario O’Donnell, se sintió obligada a responder. “Este gobierno lleva adelante el plan económico con gran dedicación y cuidado; y es este gobierno el que te permite, Juan, decir lo que sentís en cada momento en que querés hacerlo”. Era demasiado poco frente a las andanadas descargadas por Gelman contra los violadores de los derechos humanos: “Hoy, cuando los genocidas se pasean sin problemas por las calles, y cuando algunos de ellos, gracias al indulto y a las leyes de obediencia debida y de punto final, ocupan cargos públicos, el mandato es la memoria. Es la poesía la encargada de mostrar que verdad y memoria son una misma cosa… Para los antiguos griegos, la palabra que se oponía al ‘olvido’ no era ‘memoria’, era ‘verdad’… La poesía es memoria de la sombra de la memoria. Que en este país hoy aún estemos hablando de poesía muestra que nada puede cortar el hilo humano de la poesía, encargada de mostrarnos que la belleza es posible”.

El cuadrito de Van Gogh

A comienzos de la década de los 50 conocí a Gelman en Buenos Aires junto a una pléyade de jóvenes comunistas brillantes, de la cual salieron un decano de la Facultad de Ciencias Sociales, un notable periodista participante en la guerrilla del Chaco, publicistas de renombre. Años después él habría de derivar hacia una militancia en filas del peronismo montonero, que abandonó posteriormente. Al mismo tiempo, me parece que su trayectoria poética –que yo seguía con apasionado interés– marcó una rápida variación desde la impronta (cuasi inevitable) de Raúl González Tuñón hacia la búsqueda de un acento personal de tinte vallejiano. Cuando venía a Montevideo, por esos años, a veces se quedaba en el pequeño apartamento en que yo vivía con mi madre en la calle Joaquín Requena. Mi madre habá colocado en el patio una pequeña reproducción de un campo de trigo de Van Gogh, uno de los últimos cuadros atormentados que pintó. A Gelman le encantaba, se pasaba mirándolo, y cada vez que nos veíamos me preguntaba si los trigos de Van Gogh seguían en su lugar.

Alguna vez yo también fui a su casa en Buenos Aires, pero pronto empezó a ponerse peligroso y acordamos vernos en otra parte.

Por amor al arte

Después de muchos años, pasada la dictadura, tuve con él un reencuentro que me conmovió. El 17 de setiembre de 1988 el PCU organizó las jornadas “Qué hacer por amor al arte”, con intensa repercursión en el mundo cultural. Fue un evento atípico, sin informes previos ni tesis oficiales, abierto de par en par al diálogo y a la reflexión colectiva. En la mesa del encuentro, celebrado en el Parque Hotel, junto a Rodney Arismendi estaban el maestro Atahualpa del Cioppo y un grupo de intelectuales uruguayos, entre ellos Ruben Yáñez, Mario Delgado Aparain, Washington Benavides. Y estaba también Juan Gelman, que se sentía como pez en el agua en esas jornadas signadas por un espíritu de apertura, de respeto a todas las tendencias, de auténtico pluralismo, sin dogmas de ningún tipo en cuanto a la creación literaria y artística. Y así lo hizo constar expresamente.

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