La catástrofe argentina y el lobby español
ALBERTO DI CANDIA
Nadie puede ignorar lo sucedido entre mediados de 1989 y principios de 2002 en Argentina, y que como consecuencia de ello ese país hoy se debate en una crisis agónica, surrealista, cuya salida es prácticamente imposible ver. Durante doce años, no hubo en Argentina nada de mayor importancia que una cadena ininterrumpida de la más degradante corrupción. Ejemplifiquemos: especulaciones descaradamente delictivas realizadas de las más diversas maneras; operaciones financieras inexistentes y simuladas utilizando instituciones fantasmas; nauseabundos vaciamientos de empresas y bancos; privatizaciones increíbles del patrimonio nacional en sectores estratégicos de la economía, como el agua corriente, los combustibles, el gas, las telecomunicaciones, el correo, los ferrocarriles, las aerolíneas, etcétera.
Para las privatizaciones se recurrió a licitaciones en que las normas legales y los pliegos de condiciones regulatorios se redujeron a su mínima y despreciable expresión: la coima. Por otra parte, fue pública y notoria la venta clandestina de armas del Estado a países extranjeros. Y siguiendo no sin amargura la larga ruta que nos hemos trazado para redactar esta nota, es imposible no mencionar el lavado de una cantidad incalculable de dinero sucio en paraísos fiscales. De este blanqueamiento de dinero, Uruguay ha sido uno de sus refugios, al amparo de una legislación permisiva y en buena parte anticuada. Desde luego, hubo otros refugios en que las operaciones de lavado fueron, sin duda, más importantes que en nuestro país, como por ejemplo las modernamente famosas islas Bahamas y Caimán, o la más tradicional Suiza. Respecto a ésta, tan hermosa, bucólica y de altísimo nivel de vida, no podemos dejar de citar las sarcásticas palabras de uno de sus mejores escritores del siglo XX, Friedrich Dürrenmatt, cuando dice: «… (los suizos) aún nos deslizamos con bastante rectitud a través de la tenebrosa jungla de nuestra época (aunque a veces ganamos más dinero que lo usual en los relojes, los quesos y algunas armas insignificantes)». («La sospecha», Buenos Aires, Cía. Gral. Fabril Editora SA, 1962, págs. 129 y 130).
Para culminar el tenebroso proceso argentino, con sus beneficiarios vernáculos y foráneos, y por otro lado con un pueblo estafado y desangrado, diciembre de 2001 se inició con el ya tan conocido «corralito», los bancos sin dinero luego de un vaciamiento con pocos antecedentes en la historia y que, si bien venía produciéndose desde bastante tiempo atrás, tuvo como detonante final –según indicios cada vez más convincentes– una infidencia descomunal y el traslado de dinero al aeropuerto de Ezeiza en nada menos que varios cientos de camiones de una compañía transportadora de caudales.
Llama la atención que entre los beneficiarios extranjeros del modelo menemista-cavallista, además de los siempre presentes capitalistas de EEUU, Inglaterra, Alemania y otros, estén los de España en un lugar privilegiado, que buscan conservar con intensísimas demandas y amenazas de los grupos de presión, y apoyados sin reservas por el gobierno de Aznar, pretendiendo que no se pesifiquen las tarifas de los servicios públicos privatizados y hoy pertenecientes a grupos económicos españoles, en abierta oposición a lo que parece que el gobierno argentino actual está dispuesto a llevar a efecto. Esas empresas ex estatales y actualmente «españolizadas», malhabidas en licitaciones donde sólo jugaron el soborno y el cohecho, han dado a sus propietarios, en sólo ocho años, beneficios confesados (excluyendo los muy probables ocultos) de unos 14.400 millones de dólares –aproximadamente 1.800 millones promediales por año– sin incluir los beneficios de los bancos de origen español, como el Galicia o el Río Santander, que elevarían el importe de las ganancias aludidas, durante el período de referencia, en cerca de dos mil millones de dólares.
España fue durante mucho tiempo un país excéntrico (como Portugal) respecto de Europa occidental, por su atraso económico –con las fácilmente imaginables consecuencias sociales–, científico, tecnológico, etcétera. Se decía: «Europa termina en los Pirineos», y con orgullo de hidalgo menesteroso Unamuno oponía a la europeización de España, «la hispanización de Europa», presentando al Quijote como modelo (Pierre Vilar, «Historia de España», Barcelona, Editorial Crítica, 6ª edición, 1978, pág. 114). Recién al comenzar la década de 1960 y cerca de lo que se llamó los «25 años de paz» («paz» de Franco, por supuesto), comenzó un empuje tendiente a llevar adelante la anacrónica economía española, lo que se incrementó moderadamente en la etapa posfranquista. Lo cierto es que España dejó de ser un bolsón tercermundista enquistado en el Primer Mundo de la Europa occidental.
Sin embargo, no alcanzó, y hasta ahora no lo ha hecho, llegar al nivel necesario para integrar el «grupo de los 7″ (o «de los 8″, cuando paradójicamente se incluye en él a la pauperizada Rusia). Más aún: España está lejos de esa meta, y para ensombrecer todavía más el panorama, no se debe olvidar que es el país con más alto índice de desempleo del Primer Mundo, lo cual constituye un panorama muy poco esperanzador para los uruguayos que procuran «hacer la España», todo ello agravado en los últimos tiempos, como si lo anterior fuera poco, por una discriminación y una xenofobia crecientes.
Empero, saltando por encima de sus propios problemas, España ha priorizado desde hace unos diez años la inversión en las empresas privatizadas de Argentina (como en los ramos básicos de agua, combustibles, gas, telecomunicaciones, etcétera), así como en la banca. Algún ingenuo podría pensar que España se ha vuelto generosa con sus ex colonias, al extremo de que antes de resolver sus propios problemas económicos, ha realizado enormes inversiones al servicio de solucionar los de América hispánica. Pero la verdad es muy distinta: la libérrima libertad de desplazamiento de los capitales que respalda el neoliberalismo mundializante de moda, es lo que «fundamenta» ese comportamiento del capitalismo español. Para ello ha tenido muy especialmente en cuenta que a efectos de penetrar en el campo de la economía argentina existe un camino, el de la coima y demás afines, tan fácil como rápido; asimismo, el panorama ético económico de Argentina es ideal para luego obtener superbeneficios que, de pretenderse lograr en España, serían seguramente más difíciles y lentos de conseguir, aun cuando la España posmoderna no es un santuario de rectitud. *
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