La crisis argentina y la nuestra: un panorama sombrío
Cuando han transcurrido más de cuarenta días desde la renuncia de Fernando de la Rúa como consecuencia de la explosión económico-financiera que llevó a Argentina al caos social y político, aparecen tenues indicios de que la situación límite que vive el país vecino podría ir resolviéndose. No obstante la confusión que han generado las últimas medidas del gobierno de Duhalde, daría la impresión de que por lo menos existe la intención de trazar un rumbo para conducir hacia determinadas metas.
Una primera certeza es que la amenaza de dolarización va esfumándose al anunciarse la medida opuesta, es decir, la pesificación. Paralelamente, se ha anunciado la liberación de todo tipo de cambio; se deja librado el valor de la divisa estadounidense al juego de la oferta y la demanda, con lo cual se corta abruptamente con uno de los logros emblemáticos de la década menemista.
En principio, se trata de dos medidas «realistas» que pueden aportar un poco de sosiego en los actores económicos, aunque está por verse cuál será la respuesta de los grandes damnificados por el modelo, o sea los desocupados, los subempleados y las capas de bajos recursos, incluidos los pequeños ahorristas. De cualquier manera, fácil es predecir que el gran beneficiario de la libre flotación –que presumiblemente en buen romance significará una devaluación– es el comercio exportador y las industrias de exportación. Y hay otro sector económico que seguramente se reactivará: la industria turística, que se verá tonificada con un aumento del turismo interno y con la afluencia de turistas extranjeros.
Obvio resulta apuntar que ambas consecuencias de las medidas adoptadas por Duhalde significan un serio contratiempo para nuestra economía. En efecto, los productos argentinos recuperarán competitividad en los mercados internacionales, al tiempo que nuestras exportaciones a ese país sin duda se reducirán.
En el rubro turismo, una actividad excesivamente dependiente en nuestro país del flujo proveniente de Argentina, las perspectivas no son halagüeñas pues, por más que se suprima el famoso corralito, la diferencia de precios de un país a otro puede operar como un fuerte desestímulo para los argentinos que tengan intenciones de veranear en Punta del Este.
El panorama para nuestro país es, como se ve, por demás sombrío. Precisamente, en nuestra edición de ayer se publican los pronósticos alarmantes del economista Fernando Antía, según un estudio efectuado el año pasado que el gobierno ocultó cuidadosamente.
La inflación, tan trabajosamente controlada al cabo de diez años de atraso cambiario y castigo a los sectores productivos y a los asalariados, no podrá exhibir índices de un dígito. Aquí también se derrumbará el castillo de naipes de la estabilidad y quedarán al desnudo los efectos nefastos de un modelo que, además de sembrar miseria, se mostró incapaz de lograr las metas propuestas.
Obviamente, y ante la ausencia de medidas auténticamente reactivadoras que apunten a generar puestos de trabajo, se prevé un considerable aumento del desempleo, que podría llegar al 19 por ciento durante el transcurso de este año.
De este panorama sombrío sólo se puede salir con un gran diálogo nacional del que no se excluya a ningún sector. Un debate en el que participen todas las colectividades políticas, los actores económicos y los trabajadores. Sólo en la medida que las soluciones provengan de esa discusión general, podrá encararse el futuro con una razonable expectativa. *
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