Las paradojas de un sistema perimido
CARLOS SANTIAGO – Periodista
En el Uruguay, pese a su pequeñez, funcionan varias economías diferentes. Una de ellas es la que afecta a la gente común, al pueblo que vive de su trabajo, que está mostrando con toda claridad el camino emprendido por el gobierno que, como en olas paralelas, es repetido por la actividad privada. Se trata de reducir al mínimo la capacidad de negociación de las organizaciones gremiales o sindicales y, tras cartón, se aplica la política de achicar sueldos, reducir mano de obra, desreglar la actividad laboral, etcétera.
La onda expansiva de esta política es consecuencia, obviamente, de las condiciones económicas del país y, además, de las «ideas» emanadas del Consenso de Washington», está determinando un proceso de marginalidad y desamparo en cada vez mayores sectores de la población. Es de tal miopía que primero el gobierno de Argentina y, seguramente, con el tiempo el de Uruguay, deben rendir (o lo tendrán que hacer), abultadas cuentas con la historia.
¿Es posible, nos preguntamos, que para achicar el llamado «costo país» se propicie el empobrecimiento de sus habitantes? ¿Qué la política emprendida sea tan mezquina que haga crecer en forma geométrica las zonas de marginación, con lo que ello significa en el marco del nivel de vida de la gente, el aumento de la violencia y el delito, de las enfermedades y del futuro cultural del país? Recordemos que Uruguay que ostentaba con orgullo tener los menores índices de deserción escolar, hoy se encuentra en ese aspecto en uno de los peores lugares del continente.
Otro nivel de la economía es la que el gobierno mantiene hacia la banca, apoyada y financiada en las buenas y en las malas. Una banca comercial ineficiente, cuya multiplicación de sucursales y burocracia nada tiene que ver con el apoyo que le debiera prestar a los empresarios a desarrollar sus ideas o actualizar sus fábricas. Más bien los funde sobre la base de intereses fuera de toda lógica económica, sin limites de ganancia.
En este tema, por derecha o izquierda, siempre aparece la paradoja. ¿Es posible que la autoridad monetaria, el Banco Central, salga constantemente en auxilio de los banqueros cuando el dólar, que ellos tienen atesorado al máximo, se desploma porque no es una mercancía pedida por los usuarios? Claro, se dirá que es el resultado estricto de la política de banda cambiaria, pero la verdad es que siempre es el Estado, en base a los escuálidos fondos del Banco de la República, el que tiene que poner el dinero. Nunca es un banco privado, que en el marco de la oferta y la demanda, el que compra o vende para mantener la cotización. Obviamente el sistema diseñado tiene como principal objetivo defender a esa privilegiada actividad financiera.
La banca privada no realiza tareas de financiación de la industria y el comercio, tampoco pone su dinero para el desarrollo de la actividad agropecuaria. ¿Cuáles son sus tareas en el Uruguay? En lo interno financia sobre la base de altos intereses al consumo, mediante tarjetas de crédito y otros mecanismos que dejan ganancias que sorprenden. El otro gran negocio es ser boca de recepción de capitales que vienen del exterior, especialmente de la Argentina, que son de inmediato colocados en la banca off shore. Es una simple intermediación financiera con la cual los banqueros, sin ningún esfuerzo mayor a un asiento electrónico, obtienen enormes dividendos sin el más mínimo riesgo. Pero para que ello sea efectivo, de nuevo el gobierno, debe aceitar los cerrojos del secreto bancario, negando información sobre los depósitos realizados, incluso los provenientes de actividades espurias, como el narcotráfico, la venta de armas, las coimas perseguidas en el ámbito regional por jueces de instrucción etcétera.
Con estas economías paralelas, con estos mecanismos viciosos de funcionamiento, ¿cómo es posible la inversión en Uruguay?
Una verdad de a puño es que para desarrollar al país es necesario implementar políticas que tiendan a favorecer a la gente, como hoy se está haciendo en EEUU, donde caen las tasas de interés y los impuestos. Así la gente, con más dinero en los bolsillos es instada a consumir, a volcarse al mercado interno, lo que es el más rápido camino para reactivar una economía. Obviamente ese círculo se cierra con un mayor ingreso, por recaudación de impuestos, para las arcas del estado.
Que todo siga como está, propiciándose el pago de los servicios de la deuda en lugar de hacerlo con la producción y el desarrollo, es el camino que lleva al default. Es, por otra parte, el que recorrió antes que nosotros la Argentina.
Las esperanzas de una revisión del rumbo de la economía son pocas. El gobierno está empecinado en realizar «buena letra» con los organismos internacionales y las «calificadoras» de riesgo. Que lo demás no funcione parece no importarle. En el país queda una sola industria textil, han desaparecido casi todas las fábricas de zapatos, la producción agropecuaria se sigue cayendo, las agroindustrias no pueden competir en pie de igualdad con los productos similares importados. Todo ello significa menos trabajo para la gente, una cada vez más negativa redistribución del ingreso y, por supuesto, el crecimiento en progresión geométrica del déficit fiscal.
Ese es el camino que proponen obcecadamente algunos economistas y el gobierno. Por ello es bien claro que aquí tampoco se puede descartar que llegue el día en que la gente diga basta a tanta irresponsabilidad.
El camino es el desarrollo, no la pobreza. *
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