Una herencia sombría de la guerra afgana
Días pasados, el eminente sociólogo francés Alain Touraine ha sostenido públicamente una posición compleja y a la vez interesante sobre las consecuencias de los atentados criminales contra el Pentágono y las Torres Gemelas.
«Si la fecha del 11 de setiembre», ha escrito, «es importante no es porque ha abierto una crisis que acaba de cerrar con la derrota de los talibanes, sino porque pone fin a la larga década nacida con la caída del Muro de Berlín y que ha estado dominada por la locura pretenciosa de aquellos que creían solucionar todos los problemas económicos y sociales abriendo los mercados. Pero ahora este período ha terminado, no hay que esperar una vuelta sabia a la razón, sino más bien la multiplicación de las calamidades y de las catástrofes.
Los hechos, lamentablemente, parecen tender a confirmar este luctuoso pronóstico. La situación en el sur de Asia, donde indios y paquistaníes parecen a punto de emprenderla a tiros de misil, es tan preocupante que, de continuarse la escalada de movimientos amenazadores y de hostilidad, pronto podría ocurrir que las calamidades de la guerra afgana se vean, pese a su crueldad, minimizadas grandemente.
El hecho preocupante es que, en esta pugna en este momento latente, se condensan decenios de tensiones fronterizas de raíz religiosa y nacionalista.
El territorio en disputa desde hace largos años, Chachemira, es el único Estado de la India con mayoría musulmana. Para algunos grupos de guerrilleros musulmanes que actúan en la India y cuentan con el apoyo (o el dejar hacer) del gobierno militar de Pakistán, la dominación india resulta intolerable y han venido desarrollando una serie de acciones de amplitud creciente, entre otras, el ataque suicida al Parlamento hindú hace apenas unas semanas.
Como ha señalado en estos días El País de Madrid, el jefe del gobierno de Pakistán «el golpista Musharraf ha construido parte de su legitimidad en torno a Cachemira, una causa apoyada por la mayoría de los paquistaníes. Para un hombre que ya se ha ganado la enemistad de muchos musulmanes radicales por su apoyo a los EEUU contra los talibanes mostrarse ahora especialmente duro con los fundamentalistas que combaten la dominación india del territorio en disputa podría resultar suicida».
La amenaza de guerra en el Sur asiático es, entonces, un alarmante llamado de atención.
Buena parte del mundo, especialmente las grandes potencias occidentales, han vivido los episodios posteriores al 11 de setiembre como la lucha –exclusiva, única– de las democracias contra el terrorismo. Sin duda que se trata de una bien fundada preocupación. Tanto más cuanto que, terminado el episodio militar con la derrota del régimen talibán en Afganistán, no hay indicios precisos de la suerte corrida por el hombre más buscado de la tierra, Osama bin Laden ni de su organización terrorista.
El asunto es que, como pronosticaba Alain Touraine, las «metástasis» de las acciones criminales y las venganzas estatales a los atentados del 11 de setiembre, se han diseminado por regiones del mundo que ya tenían sus propios contenciosos entablados.
Y lo más grave de todo: ambas potencias poseen un copioso arsenal de armas convencionales y nucleares, lo que le agrega un especial dramatismo al conflicto.
Regiones donde campea la pobreza extrema se preparan febrilmente para la guerra, despliegan costosos y dañinos dispositivos de destrucción y muerte, al son de endechas religiosas o nacionalistas.
Al saldo del incremento del armamentismo y la guerra en la región hay que agregarle el capítulo Cachemira, el encono indo-paquistaní y los terribles costos que para la humanidad más pobre tendría un enfrentamiento como el que se perfila. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad