El novelón de Doyenart
Un grupo de personas contempla un programa de televisión. El canal del Estado transmite la entrega de premios en un evento cultural organizado por un diario.
En su alocución, el director del periódico reseña problemas de la actualidad, tal como él los percibe y los piensa. Critica algunas concepciones propensas a la destrucción y la guerra; rescata otras, afines a las pautas culturales del pensamiento crítico que sus publicaciones evidencian todos los días.
Súbitamente, una placa hermética clausura las imágenes.
Unos segundos después, un ofuscado jerarca del ente estatal encargado de la difusión televisiva anuncia que la transmisión se ha interrumpido.
¿Por qué? Por que él, el jerarca, lo ha decidido en función de sus propios criterios y convicciones personales.
¿Dónde y cuándo ha ocurrido este desmán? ¿Ha ocurrido ahora realmente? ¿Ha ocurrido aquí entre nosotros?
Un televidente desorientado podría pensar que estaba viendo algún novelón de la época de la guerra fría.
El periodista acallado es un representante de la oposición democrática y prooccidental y el jerarca, un impresentable «comisario», un burócrata todopoderoso que muestra una de las caras de poder totalitario.
Para ese desinformado teleespectador, el «oppus» resultaría no sólo viejo y rutinario sino carente de verosimilitud: en las antiguas repúblicas soviéticas de la Europa Oriental ni los más poderosos «comisarios del pueblo» disponían, por sí o ante sí, la interrupción o la continuidad de un programa cuya difusión ya estaba acordada.
Otro grupo de teleespectadores podría haber reaccionado desde la circunstancia de estar sensibilizado por la lucha emprendida por el presidente Bush contra el régimen de los talibán en Afganistán.
En este otro novelón «ilustrativo» se mostrarían los excesos autoritarios de los fundamentalistas asiáticos: el representante del régimen teocrático entiende que la transmisión de opiniones libres es contraria a las sagradas escrituras y decide cortar la difusión de una jornada de fiesta porque desaprueba, en nombre de la pureza y el respeto a sus sagradas escrituras, lo que está diciendo públicamente uno de los organizadores de la velada.
Con ser más actual, esta versión de lo sucedido tampoco alcanzaría niveles mínimos de credibilidad. Es demasiado truculenta. Ofende la inteligencia de los espectadores. Tampoco el barbado jerarca religioso del fanático talibán podía cambiar sobre la marcha y considerar diabólico lo que antes había acordado difundir.
Las dos hipótesis que hemos imaginado, y que desechamos por poco creíbles, nos dan una idea acerca de un aspecto de la intempestiva acción de censura que se vivió en Canal 5: el carácter simbólico, castrador y lacerante que tiene el gesto bárbaro de la censura.
Se podrá estar de acuerdo o no con la política informativa de LA REPUBLICA.
Se podrá estar de acuerdo o no con la línea editorial o con las opiniones políticas que alientan el quehacer contestatario de LA REPUBLICA.
Lo que nadie puede negar es que el periódico y sus expresiones forman parte de la «sociedad civil» uruguaya.
Lo que nadie puede negar es que el diario discutidor y libertario no está encuadrado en la estructura administrativa del Estado.
No es una dependencia sujeta al mando de la administración.
No tiene con respeto a los jerarcas del gobierno ninguna relación de dependencia jerárquica ni de obediencia debida.
Olvidar esa condición societaria, autónoma y libre de una expresión periodística con relación al Estado, sería ya de por sí un error grave, siempre.
Y más lo es cuando la ideología oficial del Estado se pretende como un modelo de «liberalismo político».
¿Cómo se concilian el mentado liberalismo, la socorrida tolerancia y el recordado pluralismo con los desplantes autocráticos del jerarca que interrumpe un programa porque «se le viene en ganas»? *
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