Argentina: vientos del pueblo la llevan

La situación es tan compleja y cambiante que el comentarista corre el riesgo de quedar fuera de foco ante los giros inesperados que nadie está en condiciones de prever.

El hecho principal, hasta la tarde del jueves, es el impetuoso desborde social, la amplitud de un estallido largamente alimentado por el crecimiento de la desocupación y la pobreza por un lado, y la corrupción y la torpeza por otro.

La primera de las gotas que empezó a colmar el vaso fue la decisión del hasta ayer «súper ministro», Domingo Cavallo, de restringir el cobro de los sueldos a través de las normas impartidas a los bancos.

Como se ha hecho notar, el gobierno al tiempo que impulsaba la reanudación del consumo, restringía el acceso al dinero: resultado brutal y mecánico, la gente se decidió consumir sin plata, es decir, saquear todo lo que tuvo a su alcance.

De golpe, el agotamiento del esquema económico basado en la convertibilidad afloró con insoslayable elocuencia, al tiempo que la declaración del Estado de Sitio mostraba la cara política de la inviabilidad de un esquema basado en el dúo Cavallo-De la Rúa. «El Estado de Sitio es la declaración de impotencia política» declaraba el jefe del gobierno porteño, Jorge Ibarra.

Los puntos más dolorosos de las jornadas han sido los saqueos que culminaron en varios lugares con crueles enfrentamientos y derramamiento de sangre. Pero no todo fue expresión de caos y furia. También se ha hecho presente, como no ocurría desde hace decenios –algunos hablan que desde 1975 cuando el «rodrigazo» del Ministro de Economía de Isabel Perón– la gigantesca capacidad de movilización del pueblo argentino.

La respuesta popular en la noche y en la madrugada del miércoles a jueves, expresada en innumerables manifestaciones callejeras y «caceroleos» que sacudieron a todo el país, con un fortísimo contenido de expresión espontánea, más allá y por encima de los partidos políticos, constituyó el convidado de piedra en la escena política argentina.

El protagonista esencial de las sociedades democráticas –al que el elenco presidido por el tándem De la Rúa-Cavallo dio la espalda en reiteración real– se hizo presente quitando respaldo, credibilidad y hasta legitimidad al gobierno electo en 1999.

El proceso argentino, una vez más, nos muestra de manera cristalina (y exagerada), los extremos a los que conducen las políticas económicas de porte neoliberal aplicadas de manera intransigente desde las cúpulas doradas por funcionarios mediocres y ensoberbecidos.

La insolente arrogancia que llevó, por ejemplo, al ministro de Trabajo, José Dumón, a burlarse de los resultados de una votación-encuesta por la cual dos millones setecientas mil personas se pronunciaron a favor de un seguro de desempleo y una asignación familiar por hijo para los jefes de familia desocupados.

El incumplimiento de los planes sociales anunciados, cuyo costo se había calculado en alrededor de mil millones de pesos anuales, es una de las raíces profundas de los espectaculares acontecimientos de los días 19 y 20 de diciembre. En el ínterin, los sacrosantos compromisos de la deuda habían llevado, en algunas semanas, a sobrepasar largamente los costos de los presupuestos sociales «antiestallido».

Quizá sea esta línea de reflexión la que más aristas y proyección latinoamericana contenga. La postergación «ad infinitum» de las obligaciones con el demos que no tiene voz es el pasaporte más efectivo para el colapso económico y el estallido social.

En este marco, la renuncia de De la Rúa no es sino la consecuencia política previsible de la crisis económica y social. Una crisis que el ex mandatario no fue capaz de conjurar, encorsetado en compromisos con los poderosos y olvidando sus promesas electorales.

Los teólogos universales del más cruel de los fundamentalismos contemporáneos, las políticas «de ajuste, más ajuste y si no gusta, ajuste», deberían mirarse en el espejo de Argentina. *

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