Lapidados serán, pero con piedras más chicas

La batalla de Afganistán parece llegar a término.

Batalla en la que –recordemos– Uruguay acompañó, al menos moralmente, al bando de los implacables vengadores que arrasaron campos y ciudades desde el cielo, para abrirle camino a sus aliados de la Alianza del Norte.

Digamos, también de paso, que no todos en nuestro país tuvieron el entusiasmo que demostró el ex presidente Julio María Sanguinetti, que se hizo filmar brindando con champagne la caída de Kabul, preámbulo de la derrota mayor que sufrieron los talibanes.

Con los últimos bombardeos a las montañas de Tora Bora parece haber culminado, después de casi 70 días de acciones militares, la primera etapa de la ofensiva norteamericana lanzada después del 11 de setiembre.

El momento parece adecuado para preguntarse nuevamente acerca de la pertinencia de los caminos transitados por el gobierno del señor George W. Bush en nombre de su cruzada mundial contra el terrorismo. Los bombardeos en Afganistán como el método adecuado contra objetivos presuntamente vinculados a las milicias talibanes y de los grupos terroristas de Al Qaeda, liderados por Osama bin Laden.

La precariedad de un hilo de argumentación medianamente racional, a partir de pruebas firmes y públicamente conocidas, ha sido un dato real desde el principio mismo de las operaciones militares.

El intento reciente de demostrar la culpabilidad del líder saudita a través de un video que éste habría dejado olvidado en uno de sus refugios ha encontrado, razonablemente, poco eco de credibilidad en una parte considerable de la opinión pública mundial. Son muchos lo que no creen en las producciones fílmicas de Bush. Y no son muchos tampoco los que le comprarían un auto usado.

El hecho es que las montañas han sido bombardeadas; como en un cuento de las Mil y Una Noches, las cuevas han sido escrutadas y Osama no aparece. En países en que florece toda clase de escepticismos, como en los del Río de la Plata, algunos empiezan a preguntarse si el sujeto existe, si existió o tuvo algo que ver con los atentados de setiembre. Mientras tanto, se empiezan a conocer los resultados de la cruenta «cruzada civilizatoria» que iba a poner al día al viejo país asiático de acuerdo con los figurines occidentales.

Se sabe, por ejemplo, que un juez que responde a los nuevos amos de Kabul, el señor Ullah Sharif, ha dicho a la agencia AFP algunas características que asumirá la administración de justicia en el «Afganistán liberado».

La aplicación de la ley islámica se mantendrá. A los ladrones, explicó Sharif, se les seguirán amputando las manos. Quienes no están casados y son declarados culpables de haber mantenido relaciones sexuales serán flagelados.

Los adúlteros, hombres y mujeres, serán lapidados, pero utilizaremos piedras más pequeñas porque así los condenados tendrán oportunidad de salvarse. Si los culpables son capaces de huir, quedarán en libertad. En la época de los talibanes las piedras eran tan grandes y las arrojaban con tanta fuerza que los condenados no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir.

Eso sí, agregó el magistrado, quienes se nieguen a confesar sus pecados y sean condenados estarán atados de pies y manos, así que no podrán huir y su muerte será certera.

Ese parece ser, por ahora, el desenlace del «capítulo Afganistán» de la guerra de civilizaciones lanzada por el señor Bush. En muchas partes políticos y analistas se preguntan ¿habrá otros objetivos? ¿Estamos en las vísperas de nuevos ataques a Irak, o a Somalia?

Según se informa, dentro del elenco de gobierno norteamericano hay más de una opinión y no faltan los que desaconsejan la ampliación de la guerra.

De todos modos hasta ahora hay más destrucción y amenazas que justicia.

La situación sigue siendo grave: hace ya mucho tiempo que desde los tronos imperiales no se oían voces tan desenfadadamente agresivas como las empleadas por Bush hace apenas una semana en un discurso en Carolina del Sur: «Nuestras fuerzas militares tienen una misión nueva y esencial. Para aquellos estados que apoyan el terrorismo no es suficiente que las consecuencias sean costosas, deben ser devastadoras.» *

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