El presidente, el Memorial y la paz
El lunes pasado, en horas de la mañana, un par de miles de personas, montevideanas en su mayoría, nos dimos cita en una ladera del Cerro para preinaugurar el Memorial de los Detenidos Desaparecidos. «Es la aspiración de todos los que participamos en este proyecto desde distintos sectores sociales, religiosos y políticos, contribuir a buscar los caminos de verdad que permitan el reencuentro de todos los uruguayos entre sí y con su historia»; dice el folleto de la Comisión encargada de concretarlo.
El Presidente de la República no fue. Explicó en una carta (según la prensa) que «como ciudadano, hubiera preferido que el recordatorio lo fuera para todos. Como Presidente de la República es mi deber actuar de manera que mis actos contribuyan a la unión de todos, a la paz que debe reinar entre nosotros.» Tampoco estuvieron presentes ninguno de los dirigentes o representantes de ninguno de los agrupamientos de su partido, el Colorado. Cabe suponer que comparten los términos de la carta del señor Presidente.
Cuando emprendí el viaje de regreso a mi casa, me detuve en una espaciosa esquina donde se juntan la Avenida Agraciada y la calle Lucas Obes. Hay allí una plazuela que lleva el nombre de «20 de noviembre». En un rincón de la misma se puede leer en una vieja placa: «A los funcionarios policiales y militares que con riesgo de su vida impusieron el respeto el 20 de noviembre de 1933″. Dado lo críptico del texto, consulté con un amigo que sabe más que yo de historia. El me ilustró: en esa fecha estábamos en plena dictadura de Terra. Y ese día, un grupo de cuatro personas fuertemente armadas intentaron atentar contra un conocido quinielero clandestino, no se sabe sí con intencionalidad política o de venganza. La Policía fue alertada y al cabo de un intenso tiroteo resultaron muertos dos policías y un atacante, siendo apresados los demás.
Continuando con la plazuela, en una amplia explanada hay un enorme tríptico de granito negro. De un lado del mismo –y rodeando un escudo– se puede leer «PLAZA DE LA POLICIA 1829 XVIII DE DICIEMBRE 1979″. Del otro lado, esculpido en la piedra, hay una larga lista de personas, identificadas por su grado, nombre y fecha de fallecimiento. Y, aunque no se explica, se supone que ocurrieron en cumplimiento del deber.
Cuando circulaba por Bulevar Batlle y Ordóñez, observé, en su esquina con General Flores, una enorme rotonda, en cuyo centro hay una construcción de cemento circular, con forma de conos truncados. Alrededor de la misma figura la inscripción «PLAZA DEL EJERCITO LA PATRIA A SUS DEFENSORES».
Y terminando el recorrido me topé, en un alto de Punta Gorda, con una escultura en bronce, de forma circular, sugiriendo la atrocidad de un cuerpo arrollado por el mar. A un costado, una placa de granito expresa: «A LOS CAIDOS EN ACTO DE SERVICIO DE LA ARMADA».
En esos tres lugares, cada año, se recuerdan a todos los uniformados que cayeron en actos de servicio. No se especifica ni se diferencia a los que lo hicieron cumpliendo una labor para la comunidad, de los que fueron sorprendidos por la muerte en una acción de terrorismo de Estado, o a consecuencias de las mismas. Y muchas veces quienes hablan en esos actos de recordación, aprovechan la ocasión para reivindicar recortes a la democracia, por decirlo suavemente. Esos actos cuentan siempre con la presencia de las máximas autoridades políticas, incluido el señor Presidente.
En su dilatada trayectoria por distintos cargos electivos ¿no se dio cuenta antes, el señor Presidente, que esos memoriales no incluyen a todos los uruguayos por igual? *
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