Efectos psicosociales del desempleo
Tuvo lugar en estos días –y del hecho LA REPUBLICA informó detalladamente– un coloquio sobre los efectos psicosociales del desempleo.
El seminario, organizado por la Facultad de Psicología, permitió confirmar que la crisis que padece el país, y más conretamente el desempleo, produce efectos devastadores sobre los individuos en esa situación.
No en vano las consultas psiquiátricas se han incrementado de manera alarmante desde hace un buen tiempo; los pacientes padecen estrés, disminución o pérdida de la autoestima, neurosis, depresión. La importancia de la investigación llevada a cabo por un equipo a cargo de la docente de esa Facultad Ana María Araújo radica –entre otras cosas– en dar un sustento científico a lo que venía denunciándose desde tiempo atrás. Ahora está comprobado por los especialistas que el desempleo genera –además de los obvios efectos económicos en el desempleado y su entorno familiar– patologías psiquiátricas serias que pueden conducir en algunos casos al intento de autoeliminación. La disminución del nivel de consumo conlleva sentimientos de culpa y de inferioridad difíciles de sobrellevar en la medida en que el desempleado se siente excluido del grupo social a que pertenecía y se percibe a sí mismo como responsable de la baja en el consumo que impone a su familia (rescisión del contrato con la TV cable, atraso en el pago de las facturas de servicios públicos, abandono del sistema mutual de salud, etcétera).
Ese estado de angustia en que cae el desempleado es asimismo la llave de ingreso a conductas autoagresivas como el alcoholismo o la drogadicción. Como bien señala la doctora Araújo, puede decirse que los desempleados son los nuevos excluidos sociales y los nuevos desaparecidos en razón del aislamiento, la vulnerabilidad y el desapego que sufren.
El economista Daniel Olesker –columnista habitual de estas páginas– hizo hincapié en un hecho significativo, advertido desde hace tiempo: la fragmentación social, la concentración de desempleados y de empleados precarios o de bajos ingresos en determinados espacios geográficos urbanos. Casi una guetización promovida por el modelo neoliberal.
Otras conclusiones de la investigación apuntan a señalar cómo los efectos psicológicos de la precariedad laboral y el desempleo, generan en los asalariados una sensación de inseguridad que conspira contra su salud mental y contra su buen rendimiento laboral, al tiempo que suscita una competencia malsana entre los propios trabajadores.
Pero sin duda lo más interesante del seminario es la propuesta surgida de sus organizadores y autoridades de la Facultad de Psicología. En efecto, una vez conocidos los resultados de la investigación que permiten constatar este panorama dramático, ha surgido la iniciativa de que esa casa de estudios brinde una especie de apoyo profesional a los compatriotas que sufren las consecuencias del azote.
El decano Giorgi ha planteado la necesidad de crear espacios –en la propia Facultad o en locales sindicales o de organizaciones sociales– donde tratar a los afectados, de manera de rescatarlos de la depresión y la angustia para que estén en la mejor forma a la hora de lograr su reinserción laboral.
El gobierno tiene ahora la palabra. Debe asumir su responsabilidad por haber creado las condiciones que hicieron posible esta desocupación galopante, consecuencia de la tozudez oficial en no apartarse del modelo generador de miseria. Debe, por tanto, propiciar –y apoyar financieramente– la iniciativa. *
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