La perversión de la lógica de no irritar al amo es ajena a LA REPUBLICA
La arrogante y descomedida actitud de interrumpir la difusión del discurso del doctor Federico Fasano ha sido, en la tarde de ayer, tema privilegiado en las audiciones humorísticas que pueblan el dial uruguayo. El gesto, de irreversible ridiculez, merece el escarnio de las más agrias burlas. También está en juego una cuestión, como decía el filósofo, de «orden público espiritual».
En el episodio, el director del Canal oficial, ingeniero Juan Carlos Doyenart, ha dado muestras de no estar en condiciones de conducir una labor tan delicada como la que el gobierno le ha encomendado.
Una simple crónica de los despropósitos dichos y hechos muestran que estamos ante una muestra de rampante vulgaridad, una incapacidad absoluta por parte del jerarca de lidiar con su temperamento irritable, verdaderamente histérico, capaz de realizar gestos espectaculares e intempestivos.
La grosería del hecho y del personaje no merecería más comentarios si no fuera que el episodio parece desatar otros duendes y develar aspectos de la realidad a menudo opacos.
¿Por qué un jerarca de una corporación estatal, responsable de la difusión pública y libre de hechos y opiniones libres, se siente, por sí y ante sí, con la autoridad firme y suficiente como para perpetrar una insolencia como la ocurrida en la noche del miercoles 12?
¿Es conveniente que un jerarca del Estado actúe de manera impulsiva cuando lo que está en juego es la salvaguarda de un bien tan preciado para la comunidad como lo es la libertad?
¿Puede un jerarca dejarse llevar por un mandato visceral mussoliniano y decidir sobre la marcha, sin meditar, sin dejar morir la emoción, sin consultar a otras personas, sin auscultar el cuadro institucional que condiciona su labor, que le asigna sus facultades y limita sus poderes?
Evidentemente, no puede. En una democracia esto no debería ocurrir. Hasta la naturaleza espectacular de la alcaldada le da un perfil ejemplarizante particularmente perverso.
¿No será que, por razones que todavía no hemos analizado suficientemente, a ciertos tiranos de bolsillo se les ha hecho el campo orégano y se sienten todopoderosos donde y cuando debieran actuar con humildad y respeto por la ley, consideración por la ciudadanía y empeño en pos del más radiante esplendor de las libertades civiles y políticas?
¿Qué puede justificar la irascible e imprevista interrupción de una transmisión como la que se realizaba?
¿Es que alguien que viva en este país y tenga dos dedos de frente puede pensar que el director del diario LA REPUBLICA se va a autocensurar, va a dejar de emitir opiniones sobre hechos trascendentes?
Es bien cierto que una parte de la burocratización del espíritu público en el país está llevando a que cada vez sea mayor el número de gente que prefiere no opinar, no meterse, que ha elegido sobrevivir flotando dulcemente aunque para ello tenga que tragar mucha basura. Eso es cierto.
Pero cualquier ciudadano alfabetizado está en condiciones de saber que LA REPUBLICA no es, precisamente, una tribuna que calle sus opiniones.
Es palmariamente claro que LA REPUBLICA no es un periódico que vaya a modular sus pareceres a partir de si éstos son o no son gratos al gobierno de los Estados Unidos.
La lógica de no irritar al amo –en este caso el gobierno de los Estados Unidos– puede conducir a caminos de abyección difícilmente previsibles.
Y eso no hay derecho a hacerlo desde la función pública y menos desde una función pública cuya razón de ser es satisfacer el derecho a estar informado de los espectadores.
¿El señor Doyenart está al tanto de las reiteradas alusiones que en la saga de Harry Potter se hacen a las dictaduras y a la desaparición forzada de personas?
¿Y qué piensa hacer? ¿Considerar que se trata de un discurso ideológico y no darle cabida en la programación oficial? *
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