Batlle y la campana de cristal
La política del gobierno, pese a la moderación en el tono de la mayoría de sus medidas, se puede definir como la acción de un elefante caminando en un bazar. A cada paso se rompe un jarrón (léase deterioro de la industria, de la producción agropecuaria, caída del comercio, de las medidas sanitarias, etc.), fenómeno que se mantiene con una continuidad más que preocupante.
Por supuesto: cuando se habla de recesión y de crisis, siempre sus voceros recurren a señalar como culpables de la situación a factores externos o vinculados a innundaciones, cataclismos o epidemias, como la de aftosa. Allí, basados en una política de privatizaciones, se resolvió pasar a empresas privadas la responsabilidad de los controles en los aeropuertos. Lo logrado fue bajar la masa salarial a la mitad y, por supuesto, también reducir la efectividad de los funcionarios.
Con la aftosa en Uruguay la cosa fue igualmente grave. El gobierno, en un sectarismo ideológico que bordea el anquilosamiento, resolvió reducir también los controles, hacer desaparecer los laboratorios fabricantes de vacunas, como si la bacteria de esta enfermedad que puede ser trasmitida hasta por el aire, no pudiera ingresar nunca más a un territorio como el nuestro, que creyeron estaría envuelto en una «campana de cristal». No se les ocurrió pensar que tanto en Argentina como en Brasil no se había erradicado el mal y que cualquier contagio desmoronaría de un día para otro lo que le costó tanto esfuerzo a los productores.
El presidente Batlle sumido en esa irrealidad, creyendo fielmente que la campana de crisis existía, concurrió a Washington por esos días del mes de abril, para negociar una masiva compra de carnes. «Venezuela tiene 7 mil estaciones de servicio en EEUU –decía– nosotros abriremos 7 mil carnicerías»
La alegría se convirtió en ridículo, cuando se enteró en plena negociación que se había acabado esa posibilidad, porque había aparecido un foco aftósico en el departamento de Artigas, plaga que al poco tiempo se había extendido al rodeo de todo el país.
Para poner término al mal se actuó con la misma liviandad. Se mandó al Ejército a sacrificar a todos los animales en la zona del foco, recompensando malamente a los productores, determinando así una crisis en ese departamento de una gravedad que todavía persiste.
Por supuesto, cuando la epidemia se trasladó en forma fulminante al resto del rodeo, afectando otros tipos de intereses, el rifle sanitario se cambió por la vacunación y el monto de las compensaciones fue reconsiderado.
Esa epidemia de aftosa es uno de los elementos que el gobierno maneja para justificar la crisis de la agropecuaria, sin decir nunca que la misma se produjo como consecuencia de una suma imponente de errores. Un país libre de aftosa, como fue el Uruguay en un corto período, requiere de controles permanentes, de tareas veterinarias sistemáticas, además de medidas en la frontera que impidan el ingreso de animales o personas portadoras del mal.
Se ha tenido que vacunar a la totalidad del rodeo y ahora se espera, en un plazo estimado de tres años, ganar nuevamente la calificación de «libre de aftosa sin vacunación», para que las ventas al exterior se hagan en base a mejores precios. Claro que éstos, por las deficiencias en la cadena de comercialización, casi nunca llegan a los productores.
Tal vez Batlle, cuando llegue ese momento, proponga nuevamente abrir las siete mil carnicerías en EE.UU.
Pero para ser más precisos deberíamos contar los meses para saber si a esa altura seguirá ocupando la Presidencia de la República, siempre y cuando las medidas sanitarias sean efectivas. No sea que algún «mal bicho» afecte nuevamente nuestra economía y sea un nuevo justificativo de una crisis que ya lleva más de tres años castigando a los uruguayos. *
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