Respondiendo al doctor Gonzalo Aguirre
LEOPOLDO AMONDARAIN
Hace unos días, en un editorial del rotativo El País, el talentoso constitucionalista doctor Gonzalo Aguirre, amigo personal, con su acerada pluma arremetió duramente contra las luchas intestinas dentro del Partido Nacional. En muchos aspectos le asiste razón. Pero, en el artículo de marras, incluso trae como referencia dichos de Ambrosio Velazco en los cuales definía a nuestra colectividad como «cuerpo de león y cabeza de burro» por las mentadas diferencias. Y agrega que como «vascos tercos» no se han dado cuenta del daño cometido (300.000 votos perdidos) por mantener esa prédica por parte de una buena parte de la dirigencia. Macanudo. Su posición es clara como de costumbre. Pero en este caso específico nos permitimos el derecho como blancos que somos como los que más, de disentir con el respetado tribuno. Gonzalo, que es un profundo conocedor y brillante memorioso, sabe que las persecuciones, diatribas, «degollamientos políticos», «compra» de dirigentes de diversos grupos por cargos, desmembramientos de agrupaciones, nepotismos groseros creyéndose dueños del partido, etcétera, no partieron ni nacieron de «vascos tercos» ni de «cuerpos de león y cabezas de burro». Por el contrario, comenzaron en las encumbradas esferas que sin causas aparentes justificantes preferían gente que no era blanca. Algunos de notoria militancia enemiga de años, incluyendo antecedentes por cierto «urticantes». Tanto fue así, que terminaron algunos procesados y presos por la Justicia ordinaria no precisamente por rezar el Rosario en las novenas dominicales. ¿Cuántos buenos, honrados y sacrificados blancos fueron postergados, abandonados, manoseados y olvidados por esos «personajes» de otras tiendas que meses antes bramaban contra el Partido y de la noche a la mañana aparecían «contratados» por las «alturas»? ¿Cuántos nacionalistas de toda la vida que lucharon y dejaron lo mejor de sí mismos, horas de familia, dinero del que muchos carecían y que igual ponían con desinterés, trabajos, noches de insomnio recorriendo casa a casa para que el Partido patrióticamente pudiese gobernar? ¿Cuánto denuedo y sudor costó volver a ver a un blanco en la Presidencia? Es posible que después de ver los resultados, a muchos de ellos se les pueda tildar de «vascos tercos» y hasta con «cuerpos de león y cabezas de burro» al decir de A. Velazco. Pero no por lo que se refiere el doctor Aguirre, sino por buenos blancos fanáticos, crédulos y honrados que se convencieron ciegamente que los principios sagrados que el «vasco terco» de Oribe nos había inculcado, por ejemplo la honradez administrativa, se irían a respetar. Hagamos memoria. El propio Gonzalo, que había construido un muy valioso y prometedor grupo político, Renovación y Victoria, que con ingenio, ideas y buenos ejemplos llevó en los comicios del 1994 ciento treinta mil votos, que no eran poca cosa precisamente, sufrió esa feroz persecución antes referida. Dirigente por dirigente se los fueron «comprando» con ministerios, entes, embajadas, y demás «carguetes» hasta desmantelarle el grupo. Recuerdo una famosa carta que usted le envió al destinatario con justificada discreción y se le «filtró» al mismo en un «descuido» saliendo publicada en el semanario Búsqueda. ¿Fue acaso una lucha noble y honesta propia de caballeros confrontando ideas y principios, o más bien fue una rapiña de baja estofa digna de un punga de autobús? ¡Vamos a no engañarnos a nosotros mismos, doctor!
Usted es una persona de bien que nunca bajó a esos niveles repugnantes. Y por eso, precisamente perdió. No supo ni quiso «aprender» esa metodología.
Por ello y por su innegable amor por el Partido lo respeto y aprecio. Pero admítale el derecho a 300 mil blancos, que no tienen cuerpo de león –son simples ciudadanos que lloran por su blanquismo– ni tienen cabeza de burros, –piensan igual que todos, los pueblos no son ni tercos ni burros– a discrepar.
La ciudadanía no es una majada dócil e ignorante que los doctores puedan arriar fácilmente. Se dan cuenta y se repugnan igual que cualquiera. Los partidos, permítame la licencia de pensar tal vez como vasco terco, hay que sanearlos e higienizarlos ideológica y moralmente. Usted que es una persona honorable, sabe que tengo razón. No es desimulando o haciéndonos los distraídos ocultando verdades, como se convence a la gente. Son las soluciones y los ejemplos los que sirven para atraer de nuevo a buenos blancos que se fueron.
Aquellos ilustres viejos, entre los que se contaban Herrera y su docto abuelo, no obstante las notorias diferencias sustanciales que los llevaron a la división, nunca ninguno perdió gente por inconductas. Cada uno en su órbita, daba ejemplo de civismo y amor por el partido y por la Patria.
Ese era y debe seguir siendo nuestro Partido Blanco. Dignidad arriba y regocijo abajo, dijo Aparicio y repetía Wilson. Y tanto usted como yo y los 300.000 que están afuera y querrían volver estamos convencidos de ese aserto. Al margen de las cabezas y los cuerpos de Ambrosio Velazco y las terquedades vascas, que me parece, disculpe las discrepancias, están de más.
Con el respeto, el afecto y la amistad de siempre. *
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